Los Hechos de Jacinto Aráuz

>> miércoles, 9 de diciembre de 2009

Los Hechos de Jacinto Aráuz

Jacinto Aráuz no es un QUIEN sino un DONDE. Es un pueblo en plena llanura, en el linde entre la provincia de La Pampa y Buenos Aires. Es un lugar que sobrevive en la actualidad como resort vacacional, según su página de internet. Ganó un lugar en el mapa porque el célebre René Favaloro pasó sus epocas como médico rural en este municipio. Incluso hay un museo para homenajearlo.

Pero más allá de estos pintorescos datos en Jacinto Aráuz, 89 años atrás, ocurrió un hecho único en toda la historia argentina. Hecho anecdótico quizás, pero enterrado en las arenas del olvido, perdido, ignorado. La gente no habla. La página del pueblo no relata los trágicos sucesos de aquel 9 de diciembre de 1921. El miedo, la desidia, la tristeza y una tragedia cuantitativamente mayor han relegado al olvido a los tenaces rebeldes de Jacinto Aráuz.

Acá los hechos.


En 1921 terminaba el primer gobierno de Yrigoyen. La lucha de clases en un mundo dividido había dejado miles de muertos, victorias y derrotas. Las grandes victorias para las clases bajas fueron referidas al derecho: se crearon y reformaron leyes y códigos en beneficio del explotado trabajador, no en la constitución, pero sí en los convenios con la patronal.

En la inmensa llanura pampeana se levantaba la cosecha. Esto describió sobre el trabajo, en una entrevista de Osvaldo Bayer, un peón que lo vivió en carne propia:

Lo más penoso no era el trabajo en las chacras, no importa lo agotador de la tarea, sino que lo inaguantable era el trabajo en las máquinas trilladoras, verdaderos lugares de esclavitud. Los horarios, por lo regular, eran desde las 4 de la mañana hasta las 11 de la noche, la comida se
componía de un puchero de carne de oveja con una sopa de arroz y galleta dura. Los maquinistas eran los dueños de las trilladoras que hacían campañas de leguas y leguas de campo- respaldados por la policía y apañados por los políticos lugareños (casi siempre conservadores) eran la única justicia imperante. Si por el viento se podía gastar más la correa del motor, se hacía trabajar a los
horquilleros contra el viento, es decir, que recibían en la cara toda la tierra y la paja que volaba.

Junto a los peones estaban los estibadores, quienes debían transportar las bolsas con la cosecha a los graneros. Muchas veces, se exigía, para mejorar la productividad, que el trabajo se hiciera al trote.

Estas bolsas tenían que ser transportadas en la espalda, ya que pesaban unos 80kg.

La FORA (Federación Obrera Regional Argentina), sindicato horizantal independiente (antítesis de la CGT peronista, vertical y servil, que sobrevive hasta nuestros días) presentó un pliego de condiciones a los cerealistas. Trascribo el documento:

El peso de la bolsa será de sólo 70 kilos; los horarios serán de ocho horas diarias de trabajo de cuatro y cuatro, no se permitirá el consumo de bebidas alcohólicas ni el uso de armas en los lugares de trabajo; en lo que toca a la corrida de vagones, tapado de chatas, movimiento de 'burro', como movimiento de balanza, se cobrará extra; el trabajo no será al trote sino al paso normal de hombre.


La lucha, plagada de infamia, asesinatos, procesos ilegales y falsos, logró que las demandas del sindicato fueran oídas y acatadas. La mayor parte de los empresarios cerealeros debió firmar el pliego.

El caso de Jacinto Juarez es, además, vital ya que elimina la figura del capataz. Los obreros sólo aceptarán al capataz como compañero. El trabajo que antes hacía este será hecho por el delegado semanal (rotaban en el cargo cada semana, valga la redundancia).
Esto es relevante porque el capataz, quien pagaba los sueldos, recibía un extra por cada bolsa de cosecha estibada SIN TRABAJAR. De este modo se terminaba el parasitismo, ya que ese extra, cobrado de todas formas, se dividía en el total de hombres que participaron de la cosecha.

A principios de diciembre de 1921 se presentó ante los obreros de Jacinto Aráuz un hombre de apellido Cataldi, quien dijo ser el nuevo capataz. Los obreros le exhortaron a retirarse, sin violencia, pero con una amenaza implícita. El tipo se fue.

Días después se pidió una reunión en Bahía Blanca, la ciudad más cercana. Los obreros enviaron tres delegados a la vecina ciudad. Se les informó que algunos chacareros protestaban debido a un punto (el peso de las bolsas). Si algunas excedían lo impuesto en el pliego ellos cobraban más. Se le prometió a la FORA que si dejaban sin efecto la clausula que hacía referencia a este aspecto no sería enviada una nueva cuadrilla.

La Sociedad de Resistencia de Obreros Estibadores de Jacinto Aráuz aceptó.

El punto es que nadie esperaba esto. La petición de la burguesía era un mero pretexto para acabar con los anarquistas en la zona.

Tenían, de hecho, preparada toda una cuadrilla para reemplazarlos. En efecto, el hombre que se presentó poco antes como Cataldi era su capataz, pero también era miembro de la infame y ominosa Liga Patriotica Argentina, quienes, como parte de sus objetivos, pretendían reprimir toda actividad libertaria.

El 8 de diciembre el delegado Machado fue a entregar las llaves de los galpones al dueño cuando este le informó que al día siguiente se ocuparía todo el trabajo la nueva cuadrilla. Sin mediar NADA, y ellos habiendo aceptado las condiciones de los empeladores, los estaban echando de sus trabajos.

De inmediato se dio la voz de alarma entre los trabajadores, en Jacinto Aráuz y en los pueblos vecinos Bernasconi y Villa Alba (esta última llamada en la actualidad José de San Martín).

A la madrugada se realizó una asamblea extraordinaria para decidir el curso de acción. Estaba claro: se defenderían los puestos de trabajo.

Tomaron los galpones. La nueva cuadrilla no pudo entrar. Estaba a punto de empezar el enfrentamiento, todos iban armados. La voz de la policía los invitó al diálogo. Guardaron las armas. Machado envió entonces un telegrama vía telégrafo al superintendente de Bahía Blanca, el hombre que, en un principio, fue mediador entre ambas partes, pero que claramente no era neutral, sino funcional a los empleadores. Este respondió el telegrama con un simple “Clausure galpones, yo viajo”.

Esto fue hecho. Alrededor de las 8 de la mañana los anarquistas, reunidos en un local, preparaban una comida cuando fueron rodeados por las fuerzas policiales.

Un policía llamado Américo Dozo les comunicó las órdenes: acompañar a las fuerzas del orden a la comisaría, desarmados.

Tras largas discusiones los anarquistas resolvieron que el señor Dozo los acompañaría a ellos a la comisaría. Armados.

Al llegar a la comisaría los hicieron pasar al patio. Se llamó al primero al interior de las instalaciones: Machado. Tras unos minutos se llamó al segundo: Guillermo Prieto. Prieto no entró al edificio. Dio voz de alarma, ya que vio a Machado en el suelo, ensangrentado, rodeado por el comisario Pedro Basualdo, el subcomisario, varios agentes y hasta un civil. Apenas pudo gritar. Lo metieron al cuarto de la paliza de inmediato.

Llamaron a un tercero sin dar nombre: todos tenían que entrar, todos tenían que recibir la golpiza.

Nadie se movió. Habló un obrero de apellido Quinteros:

-No venimos como detenidos. Que salga el comisario Basualdo y que nos diga que pretende.

En ese momento apareció Basualdo, fusil en mano, y gritó:

-¡Ahora vas a ver! ¡Agentes, métanle bala, no dejen a ningún anarquista vivo!

El primer disparo dio en el cuello de Quinteros, quien moriría poco después, desangrado.

Jacinto Vinelli, secretario de la Sociedad de Resistencia, hizo un llamado a la paz. Fue infructuoso. Los obreros, rodeados en una comisaría, eran atacados en todas las direcciones. Ninguno esperaba algo así; algo que ni siquiera pretende ser un fusilamiento. Por rebeldes fueron encerrados; por rebeldes se los quería matar como a animales.

Sorprendidos, sufrieron bajas y heridas en aquel primer golpe inicial. Pero no se trataba de niños, sino de hombres. Y no hombres cualquiera, sino anarquistas. Tipos que, aunque pobres, habían sido instruidos por sus congéneres. Eran cultos y duros. No iban a rendirse sin luchar.

Y eso hicieron. Sacaron sus revolveres y cuchillos y comenzó un hecho único en los casi dos siglos de existencia de Argentina: un grupo de hombres, a punto de ser asesinados ilegalmente por policías dentro de una comisaría, enfrentó y venció a los uniformados.

Queda claro que si el intento de los agentes fue la quintaesencia de la vileza del sistema, la actitud de los obreros es la quintaesencia de la rebeldía, de la lucha por la libertad, por la vida.

La policía esperaba disparar un poco, matar un par y que el resto se rindiera. Pero los anarquistas no iban a pedir, ni a dar, cuartel. Rodeados, comenzaron a escupir plomo sin asco. Los agentes tuvieron que retroceder, buscar cobijo. Los libertarios, que no tenían un atrás al cual retroceder, avanzaron a filo de cuchillo, secundados por las balas.

En diez minutos tomaron la comisaría e hicieron prisioneros a los policías. Pero las balas se terminaban. Ninguno tenía más que un cargador. Por lo cual, triunfantes, abandonaron el lugar y los “rehenes”.

No obstante, la victoria no fue completa. Quinteros había muerto. Había muchos heridos en ambos bandos. El estibador Ramón Llabrés murió poco después.

En el patio cayeron dos policías, el ya mentado Dozo y un tal Freitas. Poco después fallecerían a causa de las balas libertarias el oficial Merino y el agente Mansilla.

Basualdo pidió refuerzos policiales a los pueblos vecinos. Y entonces comenzó la caza de los acratas.

La versión policial afirmó que un grupo de 40 peligrosos anarquistas asaltó la comisaría.

Se allanó la Sociedad de Resistencia. Destrozaron los muebles, quemaron los libros, so excusa de haber encontrado “material subversivo”. Se allanaron también las viviendas de los anarquistas de toda la zona. Había que escarmentarlos.

Dos anarquistas que participaron en los hechos, Alfonso de las Heras y Teodoro Suarez, quienes habían huido a pie, fueron detenidos y torturados por el el subcomiasrio Bianchi.

Los llevaron a la comisaría. En el patio aún estaba el cuerpo inerte de Quinteros, el compañero muerto. Los de los policías, no obstante, habían sido trasladados para “darles cristiano velatorio”.

Estos hombres, como todos los capturados, fueron atados de pies y manos con alambre de púas y torturados nuevamente. Esta vez los agentes del orden se quitaron la rabia de la humillación a latigazo limpio.

Lo peor no había llegado. Se trajo a las compañeras de los libertarios para que atestiguaran la barbarie.

Pero el latigo no bastaba. Pioneros en la tortura, los policías argentinos encontraron su morboso divertimento en parejas. Un agente levantaba de la cabellera a la victima y otro le orinaba el rostro. Delante de su mujer y de sus hijos. Mientras estaba inmóvil.

Lo anterior está tomado de la declaración de el doctor Enrique Corola Martínez, abogado que atestiguó el accionar policial y tomó la defensa jurídica de los anarquistas.

Entre las mujeres que fueron obligadas a descender, en calidad de testigos, a los sótanos de la humana monstruosidad destaca Zoila Fernández, compañera de Jacinto Vinelli, el secretario de la Sociedad de Resistecia.

Transcribo el relato hecho por esta mujer al juez deferal, doctor Perazzo Naón:

Poco después de las once me visitaron no menos de veinte policías, entre ellos el comisario de Villa Iris, los que entre insultos y amenazas me pusieron las esposas, dedicándose luego al saqueo de la casa. Destrozaron lo que pudieron en la mía, pasando de inmediato al local de la sociedad donde lo que no pudieron llevarse le prendieron fuego. Como todo esto lo hicieron en presencia mía, les pedí me sacaran las esposas para llevar a mi hijito, que apenas tenía cuarenta días, pero mis ruegos fueron desoídos, conduciéndome a golpes a la comisaría. Allí contemplé el cuadro más horrible. Los charcos de sangre causaban una dolorosa sensación. Los heridos respiraban con dificultad y de vez en cuando hacían oír un quejido entrecortado.
Cuando por la tarde los policías se habían repuesto del susto, me llevaron a la oficina, donde después de dirigirme toda clase de improperios me tomaron por la nuca y me llevaron hasta el patio para hacerme limpiar con la cara los charcos de sangre. (Testigos presenciales de este hecho relataron que Zoila Fernández gritaba histérica: '¡no me importa que me hagan esto, es sangre de machos, sangre de anarquistas!'). Luego fui conducida a un calabozo con la amenaza de que a la noche la pagaría, esta amenaza que yo la veía cumplirse, porque no hay espíritu más ruin que el del policía, y el recuerdo de mis queridos hijitos, a quienes no vería más, me estremecieron de espanto y pasé unas horas que me serán inolvidables mientras viva. Sin embargo estaba convencida que antes de ser ultrajada tendría la suficiente fuerza para hacerme asesinar. Felizmente las amenazas no llegaron a cumplirse gracias a un oficial, que habiendo sorprendido las provocaciones de los policías me hizo poner guardia. Más tarde, y por indicación del mismo oficial, logré que me trajeran a mi hijito, que se me moría de hambre y con él presencié las horribles torturas que les fueron aplicadas a indefensos obreros, que ni habían participado del hecho. Nunca vi crueldad más grande. Se les cruzaban las muñecas por detrás y se les ligaba con alambres de púa. El juez Perazzo Naón encontró a los presos en esas condiciones y, por orden suya, después de las declaraciones de práctica se nos puso en libertad a mí y a otra compañera, y a los presos se les quitó las ligaduras. Pero cuando el juez se fue a comer, los polizontes volvieron a ligarles las muñecas a los presos, aunque esta vez con alambres de fardo. Así permanecieron hasta el otro día en que fueron conducidos hasta Santa Rosa

No se tiene el nombre del oficial que defendió a la mujer.

Por otro lado, sí se tiene el nombre de un policía que actuó con justicia. Su apellido era Zárate y fue el encargado de transportar en tren hasta Santa Rosa a los detenidos.

Al llegar a la capital de La Pampa, Zárate debió enfrentar a la indignada población que quería hacer justicia por mano propia y la siempre inicua Liga Patriotica Argentina. Con temple de hierro, más cercano al de los anarquistas que a la cobardía de sus compañeros policías, Zárate condujo a los reos a la cárcel, evitando el linchamiento.

La defensa de los hombres fue tomada por Pedro E. Pico, un célebre dramaturgo, y por el ya mencionado Corona Martínez.

Acá hay otro de esos extraños casos que hacen a la mística libertaria, que en sus actos suele tener siempre algo de novelesco, de insólito, de inverosimil.

Para llegar a la verdad, Corola Martínez se mudó a Jacinto Aráuz y fingió ser un simple corredor de comercio. Así logró investigar los hechos y finalmente probar, en un extenso alegato, que el comisario Basualdo había aceptado una suma de dinero para asesinar a los anarquistas.

Esto deja claro el lugar de la policía: meros sicarios legalizados, perros de la guerra de una oligarquía atemorizada.

Una vez enterados en Buenos Aires del atropello, los distintos organismos de los trabajadores se solidarizaron con los rebeldes de Jacinto Aráuz, pero este hecho quedaría opacado por otro mayor.

Ya llegaban las noticias de las andanzas del teniente coronel Hugo Benigno Varela por tierras australes. Ya se acercaba la Patagonia Rebelde, ya se acercaba la lucha de José Font y Antonio Soto, ya se acercaban los 1500 fusilados, ya se acercaba el desprecio hasta de las prostitutas y, como no, ya se acercaba la bomba y las balas del alemán Kurt Wilckens, el vindicador, héroe y mártir de los hombres libres allá dónde y cuando se encuentren.

Las condenas, pese a la brillante defensa de Corola Martínez y Pico, fueron negativas. Seis fueron condenados a tres años de prisión y el resto cumplió entre once y tres meses.

Todos los policías fueron absueltos.

Jacinto Vinelli, el secretario, y Machado, el delegado, jamás fueron apresados.

Estos son los hechos de Jacinto Aráuz. Hechos devorados por el tiempo, olvidados por el lugar donde ocurrieron. Sólo una vez se contó esta historia que hoy rescato. Porque es necesario que sepamos que, pese a todo, alguna vez hubo hombres que en la inmensa soledad de un país que se estaba construyendo se atrevieron a levantar la cabeza y que por eso se los quiso matar. Pero no se rindieron. Porque en ocasiones hace falta pelear incluso dentro de la comisaría.

Con todo en contra estos valientes hombres ganaron la batalla. No pudieron matarlos. Ni los policías pagados para hacerlo ni el sistema carcelario.

Casi 90 años después las cosas han cambiado poco. Ya no quedan anarquistas en Argentina pero la policía sigue siendo corrupta, sigue aplicando la ley Bazán (tiro primero, pregunto después), sigue matando por encargo, sigue aplastando a los portadores de voces rebeldes y reivindicadoras. A través de este siglo incompleto se han multiplicado los Basualdo y se han extinguido los Zárate.

Aún hoy existen condiciones laborales inhumanas. Pero ya no quedan rebeldes.

En este artículo no pretendo sermonear a nadie ni implantar mis ideas, tan sólo contar la historia que algunos se han encargado de ocultar. ¿Por qué otras historias se cuentan y esta se esconde?

Porque en Jacinto Aráuz ganaron los rebeldes. El sistema perdió.

Fuentes:

“Los Anarquistas expropiadores y otros ensayos” de Osvaldo Bayer.

www.laluchaanarquista.blogspot.com

www.lafogata.org

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Wolfquest

>> domingo, 29 de noviembre de 2009




Existen simuladores de todo tipo. De conducción de vehículos, de construcción de ciudades y sociedades, de gestión institucional, de relaciones sociales y, ahora, ¡también un simulador de lobos!

Wolfquest es un software desarrollado por el zoológico de Minesota y eduweb con el propósito de introducir a la gente en la verdadera naturaleza de uno de los animales más misteriosos que pueblan el mundo.

Las opciones de personalización del animal que encarnaremos son mínimas (tonalidad del pelaje, género y algunos atributos, apenas) pero eso no quita mérito al proyecto.

En el juego se deberá alimentar al lobo (se podrá cazar liebres y búfalos), buscarle un/a compañero/a para iniciar una manada y luchar contra adversarios (coyotes, osos e incluso otros lobos).

El software posee soporte multijugador para que hasta 5 personas interactuen de modo cooperativo en una partida online.



Es muy claro el estudio del animal que fue realizado por los desarrolladores. Los movimientos son muy realistas, así como la ambientación de los escenarios (puntualmente, el parque Yellowstone, en Minesota). La banda sonora es adecuada.

Para cazar o buscar a los oponentes se puede utilizar la "visión olfativa", que nos permite rastrear tanto presas como aliados.

Pueden ver un video ACÁ.

El juego, completamente gratuito, puede ser descargado desde la página oficial de Wolfquest.

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Entrevista a Osvaldo Bayer

>> lunes, 23 de noviembre de 2009

Un reportaje de Rosario Lufrano al historiador anarquista autor de Los Vengadores De La Patagonia Trágica y Severino Di Giovanni, El Idealista De La Violencia, entre otros libros.

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Un Siglo Después...

>> sábado, 14 de noviembre de 2009




Ramón Falcón fue un militar destacado en la infame “conquista del desierto”. Le llamaron “conquista” y “desierto” por esas burradas históricas pro-fascistas. Ni se conquista un desierto (se ocupa, a lo sumo) ni era desierto lo que conquistaban: estaba lleno de indios. Pero como para el huinca el ranquel y el mapuche no son personas, sino animales, la triste expresión permanece hasta nuestros días.

Tras finalizar esta ingnominia histórica, esta mancha en la consciencia de los pocos hombres blancos no derechistas que quedamos (me incluyo, a veces con vergüenza por el color de mi piel), Falcón, de regreso en Buenos Aires, fue nombrado Jefe de la Policía Federal Argentina en 1906.

Llamarlo brutal es insultar a los brutos del mundo. Fundó la escuela de policía que, aún en la actualidad, lleva su nombre.

Falcón odiaba profundamente las ideologías de izquierda casi tanto como a la “lacra social inmigrante”.

En aquel 1906 ordenó reprimir los actos de diversos sindicatos en conmemoración a los mártires del 1ro de mayo. Hay que tener en cuenta que el día internacional del trabajador (en memoria de los 8 anarquistas -5 ejecutados y 3 encarcelados- que iniciaron la cadena de eventos que conquistó la jornada laboral de 8 horas) en Argentina fue nacionalizado, la figura de los mártires fue omitida y se consideró otra actividad de la derecha católica.

La represión antes nombrada, protagonizada por 120 policías a caballo, dejó un tendal de cadáveres.

En 1907 obreros que habitaban los conventillos porteños se negaron a aceptar un incremento en los aranceles, lo cual motivó protestas en las calles.

Para julio, con auxilio del departamento de bomberos, Falcón logró expulsar de los decrépitos edificios a los inquilinos, quienes quedaron desamparados sin auxilio del estado ni de sus antiguos empleadores. El frío no los mató debido a un único factor: los sindicatos anarquistas que formaron campamentos para mantenerlos a salvo. Se les entregó ropa, comida y albergue. Precario, pues los recursos eran magros, pero efectivo.

El 1ro de mayo de 1909 Falcón ordenó una nueva represión. Esta vez el blanco fue una manifestación anarquista, convocada por la FORA (Federación Obrera Regional Argentina). El resultado fue 11 muertos y decenas de heridos graves, que en su mayoría murieron en los días siguientes.

Cuando se iniciaron los funerales, Falcón ordenó dispersar por la fuerza a más de 60.000 personas que acompañaban PACIFICAMENTE los feretros. Otras 4000 personas, que pretendían presentar sus respetos directamente en el cementerio de La Chacarita, fueron agredidos a balazos por la policía.

Luego se clausuraron los sindicatos de todos los partidos de izquierda. Los órganos de prensa La Protesta y La Vanguardia, anarquista y socialista respectivamente, fueron incinerados por policías con ropa civíl y... civiles.

Tras estos hechos, un comité formado por la FORA, la UGT y el Partido Socialista obtuvo, por vias politicas, la libertad de las personas detenidas así como la reapertura de sus sindicatos. Pero no se consiguió la renuncia de Falcón, quien tenía apoyo de La Bolsa de Comercio y La Cámara de Cereales, entre otras entidades patronales.

El 14 de novimbre, presa de la indignación, un joven anarquista ruso de 18 años, Simón Radowitzky, hizo uso del sagrado derecho: matar al tirano.

Falcón regresaba del funeral de un policía. Simón tiró una bomba casera al carruaje en el que viajaba el genocida, quien murió horas más tarde.

El libertario corrió pero pronto se vio rodeado por la policía, por lo cual se encogió de hombros, sacó un revolver, gritó “¡Viva la anarquía!” y se dio un tiro en el pecho.



No murió. Fue trasladado al hospital más cercano. La bala no había tocado ningún órgano.

Lo enjuiciaron y sentenciaron a muerte. La ejecución no se llevó a cabo porque Simón comprobó -o logró engañar a todo el mundo- su edad: era menor. A principios del siglo XX las mujeres y los menores no podían ser condenados a la pena capital.

Intentó huir del primer penal en el que estuvo recluido, por lo cual fue trasladado a Ushuaia.

La cárcel en Ushuaia es a sudamerica lo que las antiguas prisiones en Siberia a Europa. En general, nadie volvía de ahí.

El anarquista fue atacado salvajemente durante toda su estancia en el penal. Cuando se acercaba el aniversario de la muerte de Falcón, Radowitzky era recluido en confinamiento solitario y alimentado sólo con pan y agua.

Lideró una huelga de hambre entre los reclusos, por mejoras mínimas, que terminó en uno de los hechos más atroces que pueda sufrir un ser humano: fue violado por el subdirector de la cárcel y tres guardias.

Enterados del hecho, los órganos de prensa anarquista denunciaron la miserable agresión. Se ejerció presión suficiente para sumariar al subdirector y retirarlo de su cargo.

Los anarquistas de sudamerica intentaron liberar a Simón en una oportunidad. Con un velero, un traje de guardia y un poco de connivencia el libertario logró huir. Cerca de Puntarenas, Chile, fue recapturado.

Las represalias del sistema fueron horrendas: dos años de confinamiento solitario con media ración de alimento.

Los organismos ácratas enviaron dinero a Radowitzky, quien lo usó para comprar libros y medicamentos para los enfermos.

Yrigoyen fue exortado a liberarlo en infinidad de ocasiones. El indulto llegó el 13 de abril de 1930.

Lo terminan expulsando a Uruguay. Trabajó como mecánico y luego como mensajero, hasta que llegó la dictadura Uruguaya, que lo detuvo. Tres años pasó el anarquista encerrado en una prisión-sótano, hasta que fue liberado por una facción de resistencia anarquista. En Montevideo lo apresaron una vez más. Una vez más fue liberado.

Se dirigió a España, a luchar contra el franquismo recientemente sublevado contra la Segunda República. No usó armas. No asesinó. Su trabajo en las milicias fue el de proveer de alimento a los soldados.

Tras la derrota marchó a Francia y luego a México.

De nuevo en América, trabajó en una fábrica de juguetes durante 16 años.

Murió el 4 de marzo de 1956, tras un paro cardíaco.

Hoy hay monumentos, calles, avenidas y una escuela de policías llamada Ramón Falcón. Ninguna plaza, siquiera, para Radowitzky.

Un siglo después los anarquistas del mundo no olvidamos el valor de este hombre.

Los tiranos, a pesar de todo su poder, prepotencia y altanería, aún recuerdan que ni siquiera ellos están a salvo de la voluntad de un solo hombre libre.

¡Viva la anarquía!

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Culpa / Un Diálogo

-¿Pero por qué mierda lo hice?-murmura en la penumbra.

La mujer, dormida, se da vuelta en la cama. Él está sentado al borde del mueble y preferiría que a sus espaldas no hubiera más que ese sempiterno vacío que lo persigue, que lo acosa y lo derriba, que lo sofoca y lo atormenta.

Pero no. Hoy el vacío no está a sus espaldas. Tras de él está la chica. Y el vacío en su interior.

Agarra su cabeza con ambas manos. Mira el suelo. Sostiene entre los dedos índice y mayor de la mano izquierda el cigarro, antes tabaco y papel, ahora ceniza.

-¿Por qué?-repite.

Un suspiro. Ella se da vuelta en la cama, una vez más. Él se gira. Quizás la despertó. La blonda melena le cubre el rostro. Mejor así, piensa. No quiere verla. No quiere estar ahí.

Se pone de pie. El pantalón. Las botas. La remera. Guarda en los bolsillos los pocos efectos personales que llevó al encuentro. Una billetera, un encendedor. Toma un papel y un bolígrafo de la mesa de luz. Garabatea unas palabras de despedida. Termina la nota con un cortez, pero hipócrita, “te llamo”.

Camina sin hacer ruido. Sale del dormitorio. Abre la puerta. Desliza la llave por debajo y toma el ascensor.

Una vez en la calle respira profundo. Camina bajo la lluvia veraniega. Podría tomar un taxi, pero es mejor así. Necesita ordenar sus pensamientos. El agua golpeando su rostro le ayuda a pensar. Son las dos de la madrugada. Es demasiado temprano para volver al claustro. Se detiene en un bar.

Otro rincón de la ciudad donde construir una barricada, piensa. Es oscuro y húmedo. Sólo la barra está bien iluminada. En especial el área donde descansa la caja registradora. Se sienta frente al barman, un tipo enorme y tuerto.

-¿Qué te sirvo, pibe?-le dice el hombretón.

-Whisky. Solo. ¿Se puede fumar acá?

-Esta noche sí-responde, sin mirarlo, mientras le da el trago.

Bebe con lentitud. Deja que el poderoso líquido queme su garganta. Le hace falta sentir el ardor. Fuma. Desde algún equipo de audio se escucha la voz de Steve Wilson. Buying New Soul.

Dried up, a guitar upon my knee
I should have sold out when the devil came for me
Dig a hole and throw it out to sea
Break the code, how happy I could be


Escucha la puerta abrirse una vez más, pero no le presta atención. Otro refugiado que huye de la lluvia o de la ciudad, otro corazón roto o, quizás, sólo otro alcohólico que sabe muy joven la noche como para arañar, ahora misma, las sábanas de su cama.

-¿Siempre solo vos?-le pregunta una voz a sus espaldas.

Suerte. Puta suerte.

Medio millón de personas en la ciudad y tenía que ser ella quien cruzara la puerta.

-¿Existen las coincidencias?-le pregunta mientras, con un gesto, pide otro trago al barman.

-Depende a quién le preguntés. Vos siempre vas a decir que no.

-Y vos siempre vas a decir que sí. ¿Como has estado, mujer?

-Cansada. Atareada. Y un poco aburrida.

Él la mira y le regala una mueca de fastidio. A ella no parece molestarle.

-¿Novia?-pregunta mientras se acoda a la barra, con el rostro directo a la salida.

-No.

-¿No tener novia?

-No tener la novia que quiero, en todo caso. ¿Importa?

-Un poco. Esperaba una llamada tuya.

-No tengo teléfono, lo sabés.

-Hay cabinas.

-No me gustan las cabinas.

-¿Te gusta algo?

-Dos o tres cosas... un buen whisky, por ejemplo.

Ella se sonríe y baja la mirada. El enciende otro cigarrillo y le ofrece el atado. Ella acepta.

I still wave at the dots on the shore
And I still beat my head against the door
I still rage and wage my little war
I'm a shade and easy to ignore


-Me siento como la mierda, Julieta-murmura.

-¿Ahora qué hiciste?

-Lo usual. Robé un tren, maté una docena de policías, incendié una iglesia, amenacé a un par de agentes de la CIA y, finalmente, puse una bomba en el pentágono.

-Lo que se dice una noche ocupada...

-Seh...

Él contiene un eructo y se apresura a pedir más alcohol.

-¿Tomás algo?-pregunta.

-Ya tomé mucho por una noche. Vos no deberías tomar más.

-Es apenas el tercero.

-Si llegás al quinto sabés donde vas a terminar...

-Sí, durmiendo en tu sofá, igual que la última vez.

Ella ríe. Ríe con ganas, aún cuando sabe, con total certeza, que es la verdad. Sin metáforas ni adornos, sin exageraciones ni omisiones: la verdad.

White wall, I had to paint a door
I always find that I've been through it before
Close it up and throw away the key
Break the code, how happy I could be


-Y bien... ¿vas a decirme quién es ella?

-¿Ella?

-Sí, ella. La que te puso así.

-¿Cual de las dos?

-Ah... era con ménage à trois la cosa.

-Nah... ¿segura no querés un whisky?

-Te dije que no. Escuchame, ¿estás jugando a dos puntas?-la voz de la chica tiembla un poco.

-No. Nunca podría hacer eso, lo sabés. Es decir, con una ya me cuesta...

-Sí... ¿entonces?

-Entonces... hice algo muy estúpido. Y no sé por qué lo hice.

-Vos vivís haciendo cosas estúpidas...

-Ajá...-dice él, molesto.

-No respondás así. No tiene mucho sentido pero es así.

-¿Y por qué no tiene mucho sentido?

-Porque sos una de las personas más inteligente que conocí en mi vida. No entiendo como es que hacés una boludes tras otra.

-Vos no me entendés...

-¿Y vos sí te entendés?

-¡Claro que no! ¡si me entendiera viviría mucho mejor!

-Más alto, un tipo en Canadá no te escuchó.

Él deja salir un gruñido.

-Estoy cansado, Juli-dice tras unos segundos.

-Todos lo estamos.

-No como yo...

-Siempre tan único y especial...

-¿Y? ¿acaso no es lo que ustedes me hicieron creer?

-Eso no importa ahora.

I woke up and I had a big idea
To buy a new soul at the start of every year
I paid up and it cost me pretty dear
Here's a hymn to those that disappear


Fuman lo que queda de sus cigarrillos en silencios. Escuchan la música. No se miran. Y cuando lo hacen no es como antes. No hay pasión, sólo el vago afecto de algo que debió ser pero que jamás será. Hubieramos sido una buena pareja, piensa él.

-¿Me vas a contar lo que pasa sí o no?-dice ella cuando se cansa de no hacer nada.

-Acabo de usar a alguien-comenta él, con pesar, tras un momento de meditación.

-Ajá...

-Quiero a alguien con quién no puedo estar. Así que salí a seguir mi vida, tras lamentarme un tiempo. Y...

-Y...

-Y eso... acabo de usar a alguien. Es horrible, e imposible de evitar, pensar en una persona que no está bajo tu cuerpo cuando...

-Sí... ¿vas a volver a verla?

-No creo.

-Te entiendo... lo que no entiendo es por qué te hacés tanto problema. ¿Ella siente algo por vos?

-No que yo sepa.

-Vamos... fue una noche.

-No entendés... no sé por qué lo hice.

-Seguís repitiendo eso.

-Claro que lo repito.

-Sabés por qué lo hiciste...

-No, no lo sé. Dejame en paz.

-Vamos...

-No soy de los que sufren la soledad.

-Ni de los que confunden sexo con afecto, lo sé. Te conozco hace mucho tiempo, ¿te acordás?

No responde. Pide otro whisky.

-¿Sabés como se sigue adelante?

-¿Caminando?

-Sí. Así de fácil: caminando.

-No quiero caminar. Afuera llueve y moverme en circulos no es lo mío.

-¿Qué estás esperando?

-Un milagro... creo.

-Cosa rara para un ateo, ¿no?

Él le sonríe. Empina el trago. Fondo blanco. Arde, garganta.

-¿Vas a tomar otro?

-No.

-¿Venís conmigo?

-Tu sofá no es para mí hoy. Creo que voy a caminar.

Ella se pone de pie. Quiere irse. Pero también quiere decir algo más.

-Hablá, mujer.

-Sos un masoca.

-Sí, eso dicen.

-No, te hablo en serio, sos un masoca. ¿Por qué te torturás así?

-Está en mi naturaleza, creo.

-¡Naturaleza mis ovarios!-dice, iracunda-¿cuantas veces hablamos de esto?

-Doce. Trece con esta, si decís lo que creo que vas a decir.

-Dejate de joder con el “si decís lo que creo que vas a decir”. Siempre decís eso. A todo el mundo. Y siempre te equivocás. Con todo el mundo.

-¡Bien!-exclama él-¡iluminame!

-Sos un masoca.

-Eso ya lo dijiste.

-Te carcome la culpa porque estuviste con alguien para cubrir el vacío que te genera no salirte con la tuya. Esa es la verdad. Ni amores imposibles ni revolución teóricas ni chicos muertos. Te duele no poder cumplir tus caprichos de renegado urbano, afecta esa imagen tuya de rebelde con causas. Ese es tu problema.

-No.

-¿No?

-¡No!

-Tengo razón y lo sabés.

-No, no tenés razón. Yo... la quiero.

Silencio. Julieta está aturdida.

-Eso nunca termina bien-dice cuando se repone.

-No es una de mis causas perdidas...

-¿Seguro?

-Sí. Es...

-Especial, sí. Digo... tiene que ser especial para que...

-Dejalo ahí.

Ella se sienta a la barra. Saca de su bolso un celular. Envía un mensaje de texto.

-Whisky-dice la joven al barman.

Él la mira, contrariado.

-Hoy dormís en mi sofá.

-Si llegamos.

-Si llegamos.

-No hace falta que hagás esto.

-No importa. Quiero hacerlo.

-Odiás el whisky.

-Ese no es motivo para no compartir penas. Además, cuando te de cuerda no vas a parar más.

-¿Darme cuerda?

-Sí... contame como es ella. Quiero saberlo todo.

-Bueno...

Y él comienza la narración. Retrata con palabras y gestos, con silencios y miradas, a su musa. Narra proezas del espíritu humano, hieráticas complicidades, omite lo que no debe ser repetido, pues le fue confiado como un secreto, mientras sus ojos brillan con la furia de un millar de estrellas en combustión.

La chica se emociona con cada detalle. Con cada pequeño trozo de distante realidad que llegue a su percepción a través del monólogo de su interlocutor.

Y el whisky y el tabaco se llevan la noche junto con la lluvia para dar paso al sol y a un calor asfixiante, hasta que los echan del lugar. Y en una plaza cercana continúan, vigilados por el terrible Tercer Ojo de Urbania.

La culpa incoherente de los corazones desorientados sólo puede ser mitigada al descubrir a un viejo amigo en el rostro de un congénere. Porque no hay culpa, merecida o inmerecida, que no provenga del interior, del vacío que deja la esperanza que debió morir. Y no hay dolor que no deba ser compartido.

Sólo tenemos la sombra de la comprensión para cubrir los pozos del tormento.

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