Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

Dos Siglos Igual

>> martes, 16 de marzo de 2010

Dos siglos han transcurrido desde aquella revuelta que dio origen a las Provincias Unidas del Sur. Hoy en día, ser un revolucionario es equivalente, ante la mentalidad del hombre-masa, a ser un criminal. Pero alguna vez, fue algo positivo. ¿Cómo es posible que este país, forjado en contradicciones, tuviera seis golpes de estado con un total de 14 dictadores? ¿Cómo es posible que lograran establecerse, que los hombres y mujeres del pueblo no los combatieran? ¿Tanto intimidan las balas? ¡Si ya nos matamos entre nosotros!

¿Qué fue lo que ocurrió?

La ignominiosa tradición que dejó un total de 25 años de gobierno militar y un inexacto número de cadáveres comenzó en 1930, con el golpe de Félix Uriburu. El derrocado, el perdedor, fue Yrigoyen, radical que había decretado la inexistencia de las clases sociales, pero responsable por la Semana Trágica y los hechos de la Patagonia Rebelde. Era su segundo mandato, electo de modo democrático. Se lo sacó del poder sin pena ni gloria para el hombre común. ¿Por qué? Porque las fuerzas armadas no tenían, entonces, la reputación que se han forjado desde el ’30 al ’83.

Entre otros factores, destacan dos características de este golpe: el legitimarse a través de la Suprema Corte y el designar a un civil en el cargo de ministro de economía, en esta ocasión fue José Pérez, nombre común de un sujeto ligado a los grandes productores agropecuarios.

En la práctica, el gobierno fraudulento fue FASCISTA. De hecho, quien redactó su proclama inicial fue Leopoldo Lugones, una de las grandes vergüenzas de la literatura local, el que gritó que “ha llegado la hora de la espada”, el enamorado de Mussolini. No es casual que antifascistas de la talla de Severino di Giovanni fueran cazados y fusilados por los represores y elevados, por los medios burgueses, a condición de demonios de la sociedad.

Uriburu pasó el poder a Agustín P. Justo en 1932.

En 1943 se dio otro golpe. Acá empiezan las confusiones, ya que sus ideólogos no tuvieron mejor idea que llamar a su derrocamiento REVOLUCIÓN. Servían a otros amos. No a los ganaderos, sino al Imperio del Norte. ¿El motivo? La necesidad de desestabilizar la influencia británica sobre la economía local. Por supuesto, todos aquellos que obtuvieron el poder tenían en común las dos sempiternas características del fascismo: enemigos a muerte del comunismo y connivencia absoluta para con la genocida iglesia católica.

Los nombres de los dictadores: Arturo Rawson, Pedro Ramirez, Edelmiro Farrell.

Un dato a tener en cuenta: sindicatos socialistas, algunos comunistas y otros que se decían revolucionarios pactaron con el entonces joven Juan Perón. Así surge una potencia nueva, que llegaría a ser la predominante en el país: el proto-peronismo. El populismo le valió a Perón el llegar al poder de modo DEMOCRÁTICO en 1946.

Perón fue derrocado en 1955. Y otra vez se repite la misma historia. Llamar REVOLUCIÓN LIBERTADORA a un bruto golpe de estado. Legitimarse mediante la suprema corte. Connivencia con el clero. Represión. Persecución. Fascismo.

Se suma una característica nueva: idearon una “Junta Consultiva Nacional”, integrada por parte del Partido Socialista, la UCR, el Partido Demócrata Nacional, PD Cristiano y PD Progresista.

Había dos corrientes claras. El sector nacionalista-católico, liderado por el primer dictador de este período, Eduardo Leonardi, y uno liberal-conservador liderado por el siguiente dictador, Eugenio Uriburu. ¿Cuál era la diferencia en la práctica? El apoyo del clero y, por ende, del Vaticano.

Como antes fuera proscripta la UCR, en esta ocasión lo fue el Partido Justicialista, el peronismo. Una constante: la policía fue la misma. Los mismos tipos apalearon, según el dictador de turno, a radicales y peronistas. A veces a los comunistas. Siempre a los anarquistas, que eso del no-poder es peligroso para quienes matan de hambre al pueblo y más para quienes les tiran migas para que no hagan revoluciones.

Hasta este punto los fascistas no habían ejecutado jamás a los opositores (mal llamados contrarrevolucionarios) en público. Pero todo tiene un principio y si Hitler mataba seis millones de personas en Alemania ellos no iban a ser menos, claro.

En 1958 los militares llamaron a elecciones. Ganó Frondizi, de la Unión Cívica Radical Intransigente. ¿Cuánto duró? En 1962 fue derrocado por otros militares, en esta ocasión el dictador fue un civil. ¿Qué ocurrió? Frondizi levantó la proscripción que pesaba sobre el peronismo y este ganó las elecciones, ergo, el presidente fue derrocado por el General Raúl Poggi. ¿Por qué? Porque a las clases altas no le gustaba el populismo peronista. Hay que entender que esos eran, a su modo de ver, gobiernos marxistoides. ¡Nada más lejos de la verdad!

Frondizi fue trasladado a la prisión en la isla Martín García. Se negó a renunciar. Se negó a suicidarse. Se negó a irse del país. Al final, los militares se cansaron y… ¡Se fueron a dormir!

Al día siguiente, Poggi, con Frondizi preso, quiso ir a casa rosada a “estrenar” el sillón de Rivadavia, pero llegó tarde: José M. Guido, un civil, ¡le había ganado de mano!

El presidente preso, el vice huyendo… no había líder alguno en el país. Alguien tenía que presidir el estado. Se puso a Guido como eslabón lógico en la línea de mando. La corte lo validó. Por supuesto, Guido sólo fue un títere de los militares, en última instancia.

En 1963 se llamó a elecciones, una vez más, con el peronismo proscripto. Ganó Illia, otro radical. Y se lo derrocó otra vez, en 1966. Una vez más, llamaron Revolución (Argentina) a una dictadura. Los tiranos: Onganía, Levingston y Lanusse.

¿Los motivos? Los golpes fueron en buena parte de América Latina, por lo cual, en general, se especula que se trataba de los intereses de USA por encima de cualquier fuerza local. Fue un período altamente fascista, católico en extremo y autoritario como nunca se había atestiguado. Las luchas eran, en general, internas. Así llegaron Levingston primero y Lanusse después al sillón de Rivadavia.

En 1973, en un clima de gran tensión, los dictadores tuvieron que optar por las elecciones como única salida posible (posiblemente temían una insurrección popular que les costaran sus militares cabezas que conocían despechos pero no campos de batallas ni peligros reales). El peronismo fue legalizado, Perón no. Ganó Cámpora, quien renunció para llamar a elecciones libres. ¿Quién ganó? Sí, Perón ganó. Menos de un año después fallecería el presidente y el cargo sería ocupado por su mujer: María Estela Martínez.

En 1976 esta mujer sería derrocada por la más sanguinaria de cuantas dictaduras sufrió este país, la desaparecedora, la torturadora, la que consideraba “subversivos” a chicos de secundaria, la que veía “comunistas antiargentinos” hasta en los jardines de infantes, la de los vuelos de la muerte, la derecha y humana, la genocida, la hipócrita, la intolerante, la miserable, la cobarde, la nefasta, la lame-falos del imperio, la homosexual reprimida, la imbécil, la necia, la ignorante quemadora de libros.

Los tiranos vomitivos en orden de servidumbre al fascismo: Videla, Viola, Galtieri y Bignone.

Cabe remarcar que en Argentina jamás hubo condiciones sociales óptimas para una revolución social. Lo más cerca que estuvo fue en la década del ’20, pero no ocurrió. Es total y absolutamente falso el discurso que achaca los males a la “amenaza comunista”. Sí hubo guerrilla, más no revolución social. Este país jamás tuvo ningún tipo de socialismo. USA los apoyó por varios motivos, un mínimo temor al comunismo tras las experiencias de Cuba pero, más importante, la necesidad de dominar la economía de América del Sur, su patio trasero, es por esto que el escenario fascista se repitió de modo pan-regional.

El verdadero terrorismo fue, y es, el de estado.

Europa, la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el siempre santo Vaticano no mostraron interés en estos actos criminales.

La pregunta final es: ¿Por qué el pueblo no se opuso?

Un país tan amplio debiera tener entre su gente hombres y mujeres dispuestos a enfrentar de modo organizado al enemigo, capaz de sofocar al ejército. Porque ES POSIBLE, la historia lo comprueba. No sólo se puede luchar contra ellos, sino que se puede GANAR, como ocurrió en Barcelona en 1936, cuando los fascistas fueron derrotados por los civiles; cuando Madrid no cedió ni siquiera pese a los constantes bombardeos.

¿Por qué los argentinos no salimos a la calle a luchar? Nos hemos acostumbrado, quizás, a que otros tomen decisiones por nosotros, a mirar para otro lado. Pero en 53 años, del ’30 al ’83, 25 fueron regidos por militares que nadie eligió. ¿Por qué? ¿Cómo en tan poco tiempo puede una nación tener 14 dictadores?

¡¿Por qué no gritamos?! ¡¿Por qué no los sacamos a patadas?! ¡No pueden matarnos a todos! Nos necesitan, así que podrán intimidarnos, mas no destruirnos. Entonces, ¿Por qué?

Somos descendientes, en nuestra mayoría, de españoles e italianos, ambos en mi caso, y en menor medida de turcos, judíos, alemanes, ingleses, franceses y misceláneos, si se me permite el término. ¿Con semejante cruza de sangres no tenemos nada que nos lleve a tomar el fusil?

Mi generación nació con la actual democracia. Somos los que crecimos al grito de “¡Nunca Más!”. ¿Si algo ocurriese, cuantos tomaríamos el fusil? Yo expropiaría armas, iría a pelear. Porque es necesario luchar contra los monstruos. Porque en una corte no se derrota al fascista, ya que, como hemos visto, la connivencia ha sido siempre perpetua. El único campo de batalla real serían las calles de la ciudad. A disparo limpio.

En el ’94 en esta ciudad en la que escribo, se reformó la constitución y se agregó la siguiente línea al artículo ‘36:

“Esta Constitución mantendrá su imperio, aún cuando se interrumpiere su observancia por actos de fuerza contra el orden institucional y el sistema democrático. Estos actos serán insanablemente nulo”.

¿Y? ¿Con eso basta? ¡No! ¡Nada de eso! Porque “al fascismo no se le discute, al fascismo se le destruye”, como dijo Durruti. Ellos no van a respetar nada. ¿Se merecen respeto?

Pues no. No lo merecen ni lo van a tener, al menos de mi parte. Los militares al cuartel, cristo a la iglesia, la justicia a la corte y el pueblo a la calle.

Salud y libertad.

Read more...

Teología de la Miseria

>> jueves, 4 de marzo de 2010

¡Nuevo libro!


Tras unos cuantos días de encierro y dedicación, ha llegado la hora de publicar mi nuevo trabajo.

Tras propuestas, insultos y amenazas, me decidí a investigar un poco sobre religión. El resultado es esta Teología de la Miseria.

Por qué no hubo Jesús histórico.

Por qué las religiones son mitología.

El poder del clero, como lo mantiene y con qué fines. Todo es verídico y se encuentra acá.

Sinopsis:

El vicio de la ignorancia es lo que preocupa al autor. Un vicio que encuentra fundamento en la manipulación y la propaganda, como herramienta de control social.

En este ensayo socio-histórico Diego Nieto revela como mito y no como inspiración divina la naturaleza de los cultos monoteístas, afirma la inexistencia del Jesús histórico del cristianismo y explica cómo se originan las instituciones y con qué fines.

Del mismo modo, deja en claro las herramientas utilizadas por el clero con fines políticos, económicos y sociales.

A un mismo tiempo, instruye al público en una actividad poco difundida: la apostasía, la separación formal del individuo de la fe que le fue impuesta.

La investigación ha sido llevada adelante con férrea rigurosidad y tras la lectura de este libro queda sólo una pregunta por hacer: ¿Podrá aceptar el lector lo descubierto, o hará caso omiso a la evidencia?
Descarga via Bubok (click en la imagen y en la siguiente ventana en la flecha verde a la derecha)



NOTA: Hay un error deliberado en el libro. A ver quién es el primero en encontrarlo.


NOTA 2: Éste libro se encuentra en proceso de revisión. Podrá ser descargado nuevamente en breve, en una edición ampliada y corregida. Disculpe las molestias.

Read more...

Liga Patriotica Argentina

>> viernes, 22 de enero de 2010

Liga Patriotica Argentina


La galería de verguenzas históricas argentinas es, cuando menos, extensa. Si se puede poner un punto de inicio de modo imparcial, creo que sería justo hablar de la conducta de Urquiza en la batalla de Pavón. O, tal vez, del ignominioso accionar de Roca en la “conquista” del desierto.

No obstante el objeto de este artículo es mucho más siniestro porque, a diferencia de lo que ocurre con una batalla regalada o un genocidio, está vigente en pleno 2010.

Desde el siglo XIX han existido grupos armados de derecha al servicio de la oligarquía, cuya existencia han sido toleradas, cuando no animada, por los gobiernos.

En USA, el Klu Klux Klan, organizado por oficiales del ejército sur de Estados Unidos, contra los afroamericanos y los liberales; en España los Somatenes; en Francia, los Camelots, cuerpo armado de la monárquica y antisemita Action Francaise; la Guardia Blanca, al servicio del Zar contra la revolución de octubre.

En Argentina, la Liga Patriotica.

El 18 de abril de 1919 se funda esta organización. El presidente vitalicio fue Manuel Carlés. Entre sus destacados miembros se encuentran “notables” hombres como Miguel Martínez de Hoz, monseñor de Andrea, Joaquín de Anchorena, Jorge Mitre (director de diario La Nación), Ezequiel Paz (director de La Prensa), José Cortejarana (director de La Razón), Federico Leloir, Estanislao Zeballos, Antonio Lanusse y unos cuantos “ilustres” más.

Entre sus estatutos se señalaba:

B): Intensificar la educación nacionalista en los establecimientos oficiales, sean cuales fueren su carácter y su grado.

N) Adoptar las medidas necesarias para que los elementos de la Liga puedan agruparse en organizaciones vecinales que cooperen a la acción represiva de todo movimiento de carácter anarquista.

Carlés nació en Rosario en 1870. En Buenos Aires se doctoró en jurisprudencia, dio clases de Filosofía y Literatura en el Colegio Nacioal, en 1898 fue convencional constituyente para la reforma de la carta de magna y, en el mismo año, fue Diputado Nacional por la provincia de Santa Fé.

En 1916 el mundo comienza a agitarse, listo para atrevezar los mayores cambios en lo referido a la regulación de los derechos del obrero. Argentina, entonces bajo presidencia de Hipolito Yrigoyen, quien había declarado la inexistencia de clases y la equidad de todos los hombres, en derechos y responsabilidades, tenía que lidiar con huelgas a diario. El reclamo justo de los trabajadores chocaba con la ambición desmedida de la patronal.

La enorme inmigración italiana durante y tras la primera guerra mundial trajo las ideas socialistas, comunistas y anarquistas al país, fue el nacimiento de la izquierda; fue el nacimiento del terror de los defensores del status quo, gente de clase alta que se creía superior a los obreros, en todo sentido, que atestiguaba por vez primera un peligro para su heredados privilegios.

El clima de tensión llegó a su cénit en 1919, durante la Semana Trágica. Fue el bautismo de fuego de la Liga Patriotica Argentina, aunque habían participado antes en represiones (como un acto pacífico en Gualeguaychú, o un ataque a una reunión de la FORA), nunca habían tenido la posibilidad ofrecida en aquel enero, en el que, junto a la policía y el ejército, dejaron un tendal de 700 cadáveres, 1500 detenidos y un número incierto de heridos.

Se salió a matar “anarquistas, rusos, judíos y todo enemigo de la patria”. Yrigoyen dio el visto bueno al general Dellepiane, sustituto del genocida Ramón Falcón -quien fuera asesinado a sangre hirviendo por el anarquista Simón Radowitzky- como Jefe de Policía, para entregar revolveres Colt a todo aquel que quisiera colaborar con la supresión de los conflictos desatados.

La ciudad se tiñó de rojo sangre. Y al final el estado tuvo que dar a los obreros metalúrgicos lo que pedían (ocho horas de trabajo, como todo el mundo).

El jefe de la logia maligna, Carlés, aseveró el 5 de diciembre de 1921: “Este es el único país de la Tierra en que la autoridad tolera la sedición en la calle contra la nacionalidad, que disimula el desacato y que, saturada de insultos del sectarismo oye como oír llover las mayores atrocidades contra el derecho del trabajo y la moral del honor de la Patria”.

¿Pero cual es la patria de Carlés?

Este abogado defendía los intereses de empresarios de la casta Díaz Bessone y el Council Of America. Los ejemplos no son casuales.

Los Díaz Bessone estuvieron en demasiados actos turbios de la historia derechista Argentina, incluso con uno de ellos en la última dictadura, como ministro de planeamiento al servicio de Jorge Rafel Videla. El Council of America pertenece al clan Rockefeller, miembros de la Comisión Trilateral y el Club Bildelberg, los cerebros detrás del New World Order.

La Liga Patriotica Argentina era muchas cosas menos argentina.

Tuvo una importante participación en Santa Cruz durante los hechos conocidos como Patagonia Trágica (o Patagonia Rebelde). A continuación expongo la tabla de estancieros que conformaron la LPA en aquellos funestos días:

Hermanos Bitsch , alemanes | Braun, Mauricio, ruso | Braun, Sara, ruso-chilena | Cameron, Leslie, inglés | Carmack & Baden, inglés | Carreras, Luciano, español | D'Hunval, Cayetano, inglés | Dickie, Guillermo [William] inglés | Hermanos Douglas, ingleses | Fernández, Eugenio, español | Fernández, José, español | Gómez, Juan C. uruguayo | Halliday, Santiago [James] inglés | Hamilton & Saunders, ingleses | Hamman, Rodolfo, alemán | Henstuck, Carlos, alemán | Jamieson, Alejandro [Alexander] inglés | Kark & Osemburg, inglés | Lezner, Pablo, inglés | MacGeorge, George, inglés |
Ness, William, inglés | Noya, Ibon, español | Payne & Atkinson, inglés.

Lista completa en ESTE ENLACE.

Como verán, ninguno de los participantes era argentino.

Carlés en persona se dirigió a Río Gallegos con la intención de crear brigadas para asistir al ejército en la represión de los obreros. En total, fueron 298 brigadas en las áreas de Ushuaia, Río Gallegos, San Julián, Puerto Deseado, Comodoro Rivadavia y Puerto Madryn. Por supuesto, había un vínculo intrínseco entre la LPA y la Sociedad Rural, ya que ambas entidades estaban integradas por los mismos individuos, es decir, la elite financiera del Far South criollo.

El resultado fue 1500 obreros muertos por los “chicos bien” de Carlés sumados al ejército comandado por el teniente coronel Hécto Benigno Varela, un militar que participó en la represión durante la Semana Trágica. La LPA recibíría medallas por su “valiente accionar en defensa de la patria”. A Varela le cantarían el for he is a jolly good fellow mientras en el prostíbulo de San Julián las prostitutas echaban a escobazos a sus hombres por ser un manojo de asesinos. Al regreso a Buenos Aires lo condecorarían, incluso. Aunque poco le durará la gloria al homicida: una mañana un hombre solo, Kurt Wilckens, un anarquista, le arrojará una bomba y le vaciará el cargador de su revolver, haciendo uso del derecho de matar al tirano.

No es casual ni la dialectica nacionalista del movimiento ni el odio visceral a los movimientos de izquierda en general y al anarquismo en particular.

La Revolución de Octubre era una experiencia muy reciente. Los dueños del capital temían una expropiación masiva en latinoamerica y la conformación de algo que no era, ni más ni menos, que el plan original de los padres fundadores de las naciones australes: una unión de estados libres del sur.

El miedo era infundado. Las condiciones sociales no estaban dadas. Aún así, cundió el pánico burgués. Y de entre todas las ideologías de izquierda que llegaron al país, el anarquismo fue elegido como enemigo principal por tres motivos centrales:

1- Los anarquistas, a diferencia de los comunistas, no tenían ninguna superpotencia que los respaldara.

2-Los anarquistas eran famosos por ser inquebrantables, no se rendían ni siquiera rodeados dentro de una comisaría.

3- Los anarquistas eran los que habían logrado más conquistas sociales.

Es por esto que Carlés explotó el concepto de patria para lograr adeptos a sus fines. Frente al “trapo rojo” (la bandera de los soviets y del sindicalismo) y al “trapo negro” (la bandera anarquista, utilizada para negrar todas las banderas) exaltó la bandera albiceleste; lo nacional frente a lo extranjerizante; el “hijo de Argentina” frente al “Hijo del Pueblo”. Para evitar el avance de las ideas de izquierda, este jurista utilizó la más simple, y efectiva, de las estrategias: dividió para conquistar.

Ellos (los extranjeros malvados) y nosotros (los buenos argentinos). Y, para ser justos, los anarquistas regalaron gran ventaja en este sentido. Desde sus diarios (La Antorcha, La Protesta, Culmine, Anarchia, etc) escupían sin asco ante todo lo que significara patria, estado, ejército, clero y policía.

De ahí las ideas de la Liga Patriotica. Dios, familia, propiedad, tradición, ideas utilizadas como mero chantaje emocional.

Pero no sólo con palabras combate el fascista.

Carlés organizó lo que la sociedad llamó “obreros buenos” (también conocidos como “carneros”), sujetos que reemplazarían a los trabajadores durante las huelgas, con la intención de evitar el cese de la producción ante los reclamos. El consejo del abogado para con estos hombres era el tan célebre “de casa al trabajo; del trabajo a casa”. Sin escalas en bares ni, mucho menos, en sindicatos.

Y en esta feria barata de divisiones, la cereza del pastel fue la oposición del hombre revolucionario a la mujer.
La mujer era quien podía influir en el hombre para que “sentara cabeza” -frase triste si las hay- y abandonara la lucha. Entre otros motivos, porque la ley de residencia (otra idea miserable de Julio Argentino Roca) se aplicaba sólo a los hombres mayores de edad. Por esto, al ponerla en práctica se echaba del territorio al hombre en un barco y se dejaba a su familia en el país, sumida en la miseria.

Y del otro lado, las damas jovenes de barrio norte, secundaban a Carlés en la formación de las obreritas. Les enseñaban “moral”, “civismo” y, dicen algunos, corte y confección*.

Hay que comprender que los conceptos utilizados por Carlés son técnicas de brainwashing. El racionalismo socialista de los libertarios se oponía por mera lógica a lo exaltado por Carlés. Analicemos.

Contra la patria, porque las fronteras son condición sine qua non para las guerras; guerras que sólo existen con motivos A) de conquista y opresión, de saqueo y ocupación | B) económicos, para la venta de armas y la gestión de recursos.

Contra el clero, porque las instituciones religiosas han sido los grandes homicidas y mayores violadores de derechos humanos de la historia; porque con la figura de sus dioses manipulan al pueblo.

Contra el ejército, porque son los portadores de la guerra.

Contra la tradición, porque la tradición ha sido siempre explotar a muchos para que unos pocos disfruten todos los privilegios imaginables; porque la tradición -como por ejemplo, el bautismo católico por parte de familias que nunca van a la iglesia- ayuda a sembrar ideas conservadoras que mantienen el status quo.

Contra el estado, porque es una organización absoluta y vertical que basa su funcionamiento en un escalafón, autoritario, donde la rueda gira sin participación del pueblo que, en teoría, representan.

Contra la policía, porque son el brazo armado del estado, sus represores, quienes defienden el capital, el salario utilizado para esclavizar a las masas.

¿Se supone que deba sentir algo al ver una bandera celesta y blanca? Si se me permite subjetividad en este punto digo que no me produce nada. Rechazo a lo sumo, porque me divide de otros a quienes les impusieron otras banderas.

El hecho es, la Liga Patriotica Argentina toma como virtudes conceptos que han sido siempre perniciosos para el hombre.

Lo terrible del asunto es que esta organización NO HA MUERTO. No se pudrió con el cadáver de Carlés, sólo salió de la vida pública.

Ahí afuera, la basura sigue acumulada. Poco visible, pero existente. Y están reclutando soldados para su causa.

La Liga Patriotica Argentina como tal es un reducto, casi una sociedad secreta, bastante hermética que hace reuniones cerradas. Les llaman “peñas nacionalistas”. El último dato que pude corroborar fue una reunión en septiembre de 2009.

Por supuesto, sus ideas han mutado. Como anarquistas quedan(mos) pocos, ahora vierten su odio hacia minorías como los bolivianos. Se les atribuyen palizas y actos vandálicos. Es necesario remarcar que buscan jovenes frustrados e inseguros, al igual que la Hermandad Aria en USA y los grupos skin neo-nazis en Alemania; se les practica el lavado de cerebro antes explicado y se los suma a sus “grupos de choque” contra los trabajadores extranjeros e incluso otras minorías, como la comunidad homosexual. La comunidad judía no está excenta.

Esto aún no ha podido ser corroborado, ya que se mueven en las sombras; sombras tan oscuras y distantes que aún no han sido alcanzadas por los medios oficiales ni los medios de contrainformación.

Es necesario, en esta instancia, también hablar sobre un pequeño grupo llamado “Juventud Fascista Argentina”. Esta organización comenzó hizo su aparición en el mundo el año pasado por medio de una página web, pronto se creó una división en la ciudad de La Plata. La página fue cerrada al poco tiempo. En teoría, el grupo central se disolvió. El de La Plata, aseguran algunos y niegan otros, continúa activo. Este es el último grupo que, además de todo lo anterior, aún se declara anticomunista y reivindica el proceso militar en Argentina, al duce, “la patria” y a un tal Dios, individuo cuya existencia no ha sido comprobada por este escritor.

El video promocional de este grupo pueden verlo en ESTE ENLACE.

El objetivo de este artículo es informar a los miembros más jovenes de la comunidad sobre el accionar de estas organizaciones, con la finalidad de darles herramientas para que saquen sus propias conclusiones y eviten que sus cerebros sean lavados, ya que los derechistas justificarán, con un millar de falacias, sus crímenes.

FUENTES:

Severino di Giovanni. El Idealista de la Violencia (Osvaldo Bayer).
Los Nacionalistas (María Inés Barbero | Fernando Devoto)
Luchas Obreras Y Represiones Sangrientas (Diego Abad de Santillán)
Pesadilla (Pedro Wald)
Revista Primera Plana (abril de 1969)
La Liga Patriotica Argentina (Mirta Moscatelli)

Read more...

Los Primeros Desaparecidos

>> martes, 29 de diciembre de 2009

Todos recordamos a Julio Lopez, el obrero que desapareció cuando debía declarar en un juicio contra los represores.

Reclamamos su aparición. Con vida. Y nuestros reclamos quedan en la nada. Tristes tradiciones de la milica América del sur, la tortura y el homicidio, el secuestro y la violación. Los soldaditos se creen excentos de todo. La policía no es diferente.

Es probable que casi todo el que lea esto recuerde la historia reciente Argentina. Sobre eso han corrido ríos de tinta. Sabemos de Julio Lopez, de los 30 mil cuerpos que pasaron por la ESMA, por el Olimpo, por infinitas comisarías. ¿Pero quién fue el primero? ¿cómo empezó esta práctica inhumana? ¿quienes fueron las primeras víctimas de la contumacia del sistema?

Para responder estas preguntas debemos remontarnos más de 80 años en el pasado.

Es la década del 20. Argentina se forja día a día, en los campos, en las fábricas, en los sindicatos, desde las redacciones de los medios oficiales y la contrainformación obrera. Las olas de inmigración italiana han traído a los desposeídos que huyen de una guerra absurda. Y con ellos traen sus ideas.

Las primeras huelgas y actos de lucha en la conquista de derechos mínimos -entonces inexistentes- dejan tendales de cadáveres y prisioneros. En este contexto nace el Comité Pro Presos y Deportados, organismo que hoy en día tiene su encarnación en la Black Cross. El secretario general de este comité era un hombre llamado Miguel Arcángel Roscigna, un dirigente metarlúrgico que no cree en el paro ni en la movilización.

Su vida es un ejemplo de la desesperada lucha de una persona que no piensa permitir que el sistema lo aplaste sin dar una buena batalla.

Pretendía liberar él mismo a Simón Radowitzky. Consiguió ser nombrado guardia en el penal en el que estaba recluido el mártir, pero pronto la policía lo supo por lo cual fue cesanteado y expulsado de tierras fueguinas. Antes de marchar, incendió la casa del director del penal, hombre que, lisa y llanamente, hizo la vista gorda cuando tres guardias y el subdirector violaron a Radowitzky.

Los grupos de anarquistas llamados expropiadores (modernos Robin Hood que daban lo obtenido a las familias de sus compañeros caídos en desgracia y financiaban la edición de libros y periódicos) eran perseguidos por la ley y agredidos incluso por las otras corrientes libertarias. No tenían paz, en general. Roscigna pertenecía a estos.

En 1925 se produce un osado asalto al Banco Nación. Varios hombres enmascarados, con pistolas negras. El que habla tiene acento español. Infunde temor en cada grito. La policía lo busca. Eventualmente lo encontrará y condenará a muerte. Pero no será nada original. España y Francia también lo condenarán a muerte. Argentina lo expulsará y seguirá sin ser original, porque otros siete países harán lo mismo. Intentarán desaparecerlo, pero el primer precedente no se pudo sentar por un motivo insoslayable: ese hombre se llamaba Buenaventura Durruti y once años más tarde, en 1936, derrotaría al ejército fascista de Franco con 3000 milicianos muertos de hambre y mal armados, preservando así Madrid del golpe de estado. Al menos por un tiempo.

Con Durruti, máximo héroe del anarquismo en la guerra civil española, estaban Rosigna y Andrés Vázquez Paredes, con él se formaron en el calor de la lucha.

El 24 de julio de 1927, tras los atentados contra el monumento a Washington y le embajada de USA en Buenos Aires (atentados con perdidas materiales pero sin víctimas) la policía detiene a varios acratas, entre ellos Roscigna.

Él miente en los interrogatorios. Dice que todo está atrás, que el anarquismo fue algo de juventud, que ahora se preocupa por otras cosas, primordialmente por su familia.

Lo cierto es que Rosigna no era un carenciado. Vivía en una casa modesta pero con todas las comodidades de la época, era apreciado por su jefe, respetado por sus compañeros y vecinos, tenía una familia que alimentaba. Su motivo era el sufrimiento de los demás.

Lo liberan. No pueden retenerlo. Pero la postura de los uniformados queda muy clara en las palabras que el subcomisario Buzzo le dice:

–Tenés dos posibilidades: irte a críar gallinas a La Quiaca, meterte en un seminario y estudiar de cura, o directamente suicidarte así nos ahorrás el trabajo, porque la próxima vez que te encontremos en alguna calle de Buenos Aires te baleamos, te ponemos una pistola en la mano con cápsulas servidas y te caratulamos resistencia a la autoridad.

Roscigna, aunque seguro tampoco entendió cuales eran las dos únicas de las tres opciones que le dieron, sabía que ya no podría permanecer dentro de los márgenes de la legalidad.

El 1ro de octubre de 1927 Rosigna, Paredes y otros dos hombres (los hermanos Moretti) asaltan la el Hospital Rawson. Esperan el día de cobro en la guardia, disfrazados con vendas en la cabeza. El pagador saca el arma, uno de los cuatro hombres es más rápido. Resultado: policía muerto.

Se exilian en Uruguay. La policía sigue sus pasos de cerca debido a la traición del dueño del garage donde dejan su auto. Cruzan el Delta con la ayuda de Bustos Duarte, un barquero colaborador del movimiento libertario.

Todo parece claro. Las autoridades argentinas piden la colaboración de la policía uruguaya. Les pisan los talones. En cada localidad los anarquistas dejan testigos de su paso: desenbarcan en Palmira, de ahí van a La Agraciada, siguen por Drabble, arriban a Soriano y continuan hasta Mercedes, en Cardona paran a dormir, como no podía ser de otra manera, en un hotel ¡frente a la comisaría!

Tras llegar a Montevideo se refugian en un barrio poblado en su mayoría por libertarios. Y se hace silencio.

El asalto al Rawson fue uno de los hechos más comentados por la población durante la década del `20. La audacia era inexplicable. Cuatro tipos solos se la juegan, regalan la mayor parte de dinero, huyen con la policía atrás, matan a uno, se van a otro país donde la persecución continúa, llegan a destino y desaparecen. El periodismo amarillo explotó esto. La burla a la policía era constante. Y los uniformados, humillados por sus propios actos como siempre, no iban a quedarse de brazos cruzados.

Al poco tiempo los Moretti trasladan a sus familias. Al mismo momento llegan a la ciudad tres catalanes del grupo Durruti con una nota para Rosigna. El héroe del pueblo (como sería llamado después) lo invita a sumarse, la guerra es inminente y lo necesitan en Europa. Rosigna, amablemente, declina la propuesta.

Los Moretti con los catalanes planean un golpe. Roscigna les dice que no es momento para actos de expropiación, que deben mantener un perfil bajo no sólo por ellos, sino por las campañas de liberación de otros prisioneros. Los cinco hacen oídos sordos y cometen un asalto que deja tres muertos y otros tres heridos.

Caen presos rápido. Rosigna vuelve a Argentina y participa en otros actos de expropiación, incluyendo el ataque a Obras Sanitarias con Severino di Giovanni, donde debieron huir de más de 250 enemigos, entre policías y militares, así como el ataque al sanguinario comisario Velar en Rosario, donde ex profeso no se lo mata sino que se lo desfigura.

La búsqueda de fondos tenía como fin la liberación de varios compañeros detenidos en el penal de Punta Carretas, en Montevideo.

Se instala una carbonera en regla. Trabaja durante un tiempo. Luego el matrimonio (Gino Gatti, un anarquista italiano junto a su compañera) se retira. El lugar se cierra.

El 18 de marzo de 1931 la policía rodea la carbonería. Los vecinos han denunciado a unos desconocidos. Suponen que tratan de desvalijar el negocio. Nada de eso. No vienen, sino que van.

Los anarquistas habían hecho un túnel de 50 metros desde la carbonería hasta uno de los baños dentro del penal. A la hora de la fuga, Roscigna y sus compañeros (los ya mentados Gatti y Paredes, más Manuel “capitan” Paz, un compañero en el asalto a Obras Sanitarias y Malvicini, un joven que colaboró con Severino di Giovanni hasta el fusilamiento de este) levantaron el piso del lugar para la liberación de uno de los hermanos Moretti (el otro se había suicidado) y los tres catalanes compañeros de Durruti. Pero algunos presos comunes, al ver la salida, simplemente se colaron.

Tres autos esperaban a los acratas. Tres autos que lograron utilizar. La sincronía fue perfecta. Otra burla hacia el sistema.

Aún así, las cartas ya estaban sobre la mesa y los anarquistas tenían la peor de las manos. Sólo nueve días de libertad pudieron disfrutar. Fueron delatados por un antiguo recluso, compañero de pabellón de Moretti, que fue liberado y obtuvo trabajo en la perrera. Siguiendo un can que se le escapaba descubrió, por accidente, donde vivían los anarquistas y, sin más, los denunció a la policía en un acto que sólo puede ser digno de un lumpen.

Así, Roscigna, Vázquez Paredes, el capitán Paz y Malvicini caen presos.

Detrás de toda la movida se encuentra el comisario Fernandez Bazán, humillado una y mil veces por cuanto anarquista pisó suelo argentino, que hasta llegaron a cometer actos de expropiación y huyeron ¡a pie!

Bazán pide la extradición a través de la cancillería Argentina. Quiere sangre. Matías Sanchez Sorondo, Ministro del Interior, renombrado por los libertarios como Sanchez Sorete, responde con celeridad ya que odia a los anarquistas incluso más que a los Yrigoyenistas que poco antes habían derrocado.

Roscigna sabe lo difícil de su situación. A él no le tiembla el pulso, pero a Bazán tampoco. Ser entregado a las autoridades argentinas es morir, haga o no algo. Se lo dejaron bien claro años antes, la única vez que pudieron detenerlo.

Toma un decisión apurado por el tiempo. Se acusa ante los uruguayos de haber robado tres vehículos para el escape del penal Punta Carretas. Vázquez Paredes, el “capitán” Paz y Malvici lo imitan.

Mientras dure el juicio no podrán ser trasladados. Se los condena a seis años de cárcel. Pero a Bazán no se les escaparán. Quiere aplicar la mano dura. ¿Cómo dejarlos vivir después de tantas humillaciones? ¿cómo, si no están lejos de convencer a la gente de la completa inutilidad de la policía Argentina?

Por la culata le saldría el tiro a Bazán cuando tiempo después, en Madrid, ese otro hombre que tanto odiaba, Buenaventura Durruti, al mando de los milicianos de la Columna Durruti no sólo diera a las fuerzas sublevadas españolas la mayor paliza jamás recibida por un ejército fascista, sino que impidiera el levantamiento en Barcelona y liberara de la opresión muchos pueblos donde la figura de la policía, como la del estado, fue abolida. Y durante tres años, según las declaraciones de quienes vivieron el momento, la sociedad sólo prospero, materializando el menor índice de crímenes de la historia. Sin policía. Sin estado. Sin capital.

El 31 de diciembre de 1936, cuando comienzan a lograrse los mayores logros anarquistas en Europa donde el fascismo es aplastado en cada intento de tomar el poder, Roscigna, Vázquez Paredes, el “capitán” Paz y Malvici terminan su condena. Les aplican la “ley de indeseables” y los embarcan con rumbo a Buenos Aires. Al llegar no logran moverse. Los uruguayos los entregan a los jueces que entienden en la causa del Hospital Rawson. Se los sobresee por falta de pruebas. Al “capitán” Paz lo trasladan a Córdoba debido a otra causa judicial, de donde será liberado tiempo después, a punta de pistola, por otro grupo libertario.

Entonces comienza la odisea. La hermana de Rosigna y Antonio Rizzo, quien tomó la secretaría de la Comisión Pro Presos, averiguan el paradero de los tres anarquistas: La Plata; en La Plata les dicen que está en Avellaneda, de Avellaneda los envían a Rosario, de Rosario a la comisaría de Tandil, y así sucesivamente.

Se pierden las pistas por un tiempo. Luego, en la Isla Maciel, un pescador ve bajar a tres hombres de un celular, directo a la comisaría de Dock Sud. Reconoce a Rosigna. Se le avisa a Apolinario Barrera, un periodista de Diario Crítica, quien publica en primera plana el hecho.

Y acá terminan los traslados. Nada más se sabe de los tres hombres. Por mucho que los anarquistas insisten y presionan, no hay datos. La CNT de España y la FAI (Federación Anarquista Ibérica) aportan fondos para la búsqueda del trío. Todo resulta infructuoso. Nadie sabe nada. En ningún lugar estuvieron. No se los vio.

Pasado el tiempo un oficial de Orden Social habla con los grupos libertarios de modo confidencial.

–No se rompan más muchachos; a Roscigna, Vásquez Paredes y Malvicini les aplicaron la ley Bazán, los fondearon en el Río de La Plata.

Nunca se encontraron los cadáveres. Del caso nadie habló. Este hecho oscuro marca el comienzo de la tradición “desaparecedora” del terrorismo de estado en Argentina. Policías y militares lo hacen desde aquel maldito 31 de diciembre de 1936. En 84 años la tradición de las malditas (e inútiles) fuerzas armadas y policiales (aún más inútiles, si tal cosa es posible) no ha cejado. Nunca se detuvieron. Dictadura o democracia, las torturas, los secuestros, los homicidios y las desapariciones continúan.

Hoy, en las postrimerías de 2009, se rumorea un golpe de estado. Este cronista espera que sólo sea un rumor. Porque si ocurre sólo puede pasar lo mismo de siempre. A menos que cambiemos hoy y decidamos dejar de ser representados y hacernos presentes. Lo cual, en el contexto planteado, significa salir a la calle a deponer a los militares que quieren masturbarse con la constitución y limpiar sus rectos con la bandera a la que tanto amor profesan, ellos como la sociedad civil. Tendremos que imitar al heróico pueblo español de 1936 y salir a combatir el fascismo. O ver como treinta, sesenta, cien mil hombres y mujeres vuelven a desaparecer.

No tengo esperanza, conociendo los antecedentes, de ver al pueblo en armas listo para dar batalla. Pero creo que aprendimos la lección.

No pretendo ser original cuando cierro este artículo:

¡Nunca Más!

Fuentes:

Los anarquistas expropiadores (Osvaldo Bayer).
El corto verano de la anarquía (Hanz Magnus Enzensberger)
Acratas (Virginia Martinez; documental)

Read more...

Los Hechos de Jacinto Aráuz

>> miércoles, 9 de diciembre de 2009

Los Hechos de Jacinto Aráuz

Jacinto Aráuz no es un QUIEN sino un DONDE. Es un pueblo en plena llanura, en el linde entre la provincia de La Pampa y Buenos Aires. Es un lugar que sobrevive en la actualidad como resort vacacional, según su página de internet. Ganó un lugar en el mapa porque el célebre René Favaloro pasó sus epocas como médico rural en este municipio. Incluso hay un museo para homenajearlo.

Pero más allá de estos pintorescos datos en Jacinto Aráuz, 89 años atrás, ocurrió un hecho único en toda la historia argentina. Hecho anecdótico quizás, pero enterrado en las arenas del olvido, perdido, ignorado. La gente no habla. La página del pueblo no relata los trágicos sucesos de aquel 9 de diciembre de 1921. El miedo, la desidia, la tristeza y una tragedia cuantitativamente mayor han relegado al olvido a los tenaces rebeldes de Jacinto Aráuz.

Acá los hechos.


En 1921 terminaba el primer gobierno de Yrigoyen. La lucha de clases en un mundo dividido había dejado miles de muertos, victorias y derrotas. Las grandes victorias para las clases bajas fueron referidas al derecho: se crearon y reformaron leyes y códigos en beneficio del explotado trabajador, no en la constitución, pero sí en los convenios con la patronal.

En la inmensa llanura pampeana se levantaba la cosecha. Esto describió sobre el trabajo, en una entrevista de Osvaldo Bayer, un peón que lo vivió en carne propia:

Lo más penoso no era el trabajo en las chacras, no importa lo agotador de la tarea, sino que lo inaguantable era el trabajo en las máquinas trilladoras, verdaderos lugares de esclavitud. Los horarios, por lo regular, eran desde las 4 de la mañana hasta las 11 de la noche, la comida se
componía de un puchero de carne de oveja con una sopa de arroz y galleta dura. Los maquinistas eran los dueños de las trilladoras que hacían campañas de leguas y leguas de campo- respaldados por la policía y apañados por los políticos lugareños (casi siempre conservadores) eran la única justicia imperante. Si por el viento se podía gastar más la correa del motor, se hacía trabajar a los
horquilleros contra el viento, es decir, que recibían en la cara toda la tierra y la paja que volaba.

Junto a los peones estaban los estibadores, quienes debían transportar las bolsas con la cosecha a los graneros. Muchas veces, se exigía, para mejorar la productividad, que el trabajo se hiciera al trote.

Estas bolsas tenían que ser transportadas en la espalda, ya que pesaban unos 80kg.

La FORA (Federación Obrera Regional Argentina), sindicato horizantal independiente (antítesis de la CGT peronista, vertical y servil, que sobrevive hasta nuestros días) presentó un pliego de condiciones a los cerealistas. Trascribo el documento:

El peso de la bolsa será de sólo 70 kilos; los horarios serán de ocho horas diarias de trabajo de cuatro y cuatro, no se permitirá el consumo de bebidas alcohólicas ni el uso de armas en los lugares de trabajo; en lo que toca a la corrida de vagones, tapado de chatas, movimiento de 'burro', como movimiento de balanza, se cobrará extra; el trabajo no será al trote sino al paso normal de hombre.


La lucha, plagada de infamia, asesinatos, procesos ilegales y falsos, logró que las demandas del sindicato fueran oídas y acatadas. La mayor parte de los empresarios cerealeros debió firmar el pliego.

El caso de Jacinto Juarez es, además, vital ya que elimina la figura del capataz. Los obreros sólo aceptarán al capataz como compañero. El trabajo que antes hacía este será hecho por el delegado semanal (rotaban en el cargo cada semana, valga la redundancia).
Esto es relevante porque el capataz, quien pagaba los sueldos, recibía un extra por cada bolsa de cosecha estibada SIN TRABAJAR. De este modo se terminaba el parasitismo, ya que ese extra, cobrado de todas formas, se dividía en el total de hombres que participaron de la cosecha.

A principios de diciembre de 1921 se presentó ante los obreros de Jacinto Aráuz un hombre de apellido Cataldi, quien dijo ser el nuevo capataz. Los obreros le exhortaron a retirarse, sin violencia, pero con una amenaza implícita. El tipo se fue.

Días después se pidió una reunión en Bahía Blanca, la ciudad más cercana. Los obreros enviaron tres delegados a la vecina ciudad. Se les informó que algunos chacareros protestaban debido a un punto (el peso de las bolsas). Si algunas excedían lo impuesto en el pliego ellos cobraban más. Se le prometió a la FORA que si dejaban sin efecto la clausula que hacía referencia a este aspecto no sería enviada una nueva cuadrilla.

La Sociedad de Resistencia de Obreros Estibadores de Jacinto Aráuz aceptó.

El punto es que nadie esperaba esto. La petición de la burguesía era un mero pretexto para acabar con los anarquistas en la zona.

Tenían, de hecho, preparada toda una cuadrilla para reemplazarlos. En efecto, el hombre que se presentó poco antes como Cataldi era su capataz, pero también era miembro de la infame y ominosa Liga Patriotica Argentina, quienes, como parte de sus objetivos, pretendían reprimir toda actividad libertaria.

El 8 de diciembre el delegado Machado fue a entregar las llaves de los galpones al dueño cuando este le informó que al día siguiente se ocuparía todo el trabajo la nueva cuadrilla. Sin mediar NADA, y ellos habiendo aceptado las condiciones de los empeladores, los estaban echando de sus trabajos.

De inmediato se dio la voz de alarma entre los trabajadores, en Jacinto Aráuz y en los pueblos vecinos Bernasconi y Villa Alba (esta última llamada en la actualidad José de San Martín).

A la madrugada se realizó una asamblea extraordinaria para decidir el curso de acción. Estaba claro: se defenderían los puestos de trabajo.

Tomaron los galpones. La nueva cuadrilla no pudo entrar. Estaba a punto de empezar el enfrentamiento, todos iban armados. La voz de la policía los invitó al diálogo. Guardaron las armas. Machado envió entonces un telegrama vía telégrafo al superintendente de Bahía Blanca, el hombre que, en un principio, fue mediador entre ambas partes, pero que claramente no era neutral, sino funcional a los empleadores. Este respondió el telegrama con un simple “Clausure galpones, yo viajo”.

Esto fue hecho. Alrededor de las 8 de la mañana los anarquistas, reunidos en un local, preparaban una comida cuando fueron rodeados por las fuerzas policiales.

Un policía llamado Américo Dozo les comunicó las órdenes: acompañar a las fuerzas del orden a la comisaría, desarmados.

Tras largas discusiones los anarquistas resolvieron que el señor Dozo los acompañaría a ellos a la comisaría. Armados.

Al llegar a la comisaría los hicieron pasar al patio. Se llamó al primero al interior de las instalaciones: Machado. Tras unos minutos se llamó al segundo: Guillermo Prieto. Prieto no entró al edificio. Dio voz de alarma, ya que vio a Machado en el suelo, ensangrentado, rodeado por el comisario Pedro Basualdo, el subcomisario, varios agentes y hasta un civil. Apenas pudo gritar. Lo metieron al cuarto de la paliza de inmediato.

Llamaron a un tercero sin dar nombre: todos tenían que entrar, todos tenían que recibir la golpiza.

Nadie se movió. Habló un obrero de apellido Quinteros:

-No venimos como detenidos. Que salga el comisario Basualdo y que nos diga que pretende.

En ese momento apareció Basualdo, fusil en mano, y gritó:

-¡Ahora vas a ver! ¡Agentes, métanle bala, no dejen a ningún anarquista vivo!

El primer disparo dio en el cuello de Quinteros, quien moriría poco después, desangrado.

Jacinto Vinelli, secretario de la Sociedad de Resistencia, hizo un llamado a la paz. Fue infructuoso. Los obreros, rodeados en una comisaría, eran atacados en todas las direcciones. Ninguno esperaba algo así; algo que ni siquiera pretende ser un fusilamiento. Por rebeldes fueron encerrados; por rebeldes se los quería matar como a animales.

Sorprendidos, sufrieron bajas y heridas en aquel primer golpe inicial. Pero no se trataba de niños, sino de hombres. Y no hombres cualquiera, sino anarquistas. Tipos que, aunque pobres, habían sido instruidos por sus congéneres. Eran cultos y duros. No iban a rendirse sin luchar.

Y eso hicieron. Sacaron sus revolveres y cuchillos y comenzó un hecho único en los casi dos siglos de existencia de Argentina: un grupo de hombres, a punto de ser asesinados ilegalmente por policías dentro de una comisaría, enfrentó y venció a los uniformados.

Queda claro que si el intento de los agentes fue la quintaesencia de la vileza del sistema, la actitud de los obreros es la quintaesencia de la rebeldía, de la lucha por la libertad, por la vida.

La policía esperaba disparar un poco, matar un par y que el resto se rindiera. Pero los anarquistas no iban a pedir, ni a dar, cuartel. Rodeados, comenzaron a escupir plomo sin asco. Los agentes tuvieron que retroceder, buscar cobijo. Los libertarios, que no tenían un atrás al cual retroceder, avanzaron a filo de cuchillo, secundados por las balas.

En diez minutos tomaron la comisaría e hicieron prisioneros a los policías. Pero las balas se terminaban. Ninguno tenía más que un cargador. Por lo cual, triunfantes, abandonaron el lugar y los “rehenes”.

No obstante, la victoria no fue completa. Quinteros había muerto. Había muchos heridos en ambos bandos. El estibador Ramón Llabrés murió poco después.

En el patio cayeron dos policías, el ya mentado Dozo y un tal Freitas. Poco después fallecerían a causa de las balas libertarias el oficial Merino y el agente Mansilla.

Basualdo pidió refuerzos policiales a los pueblos vecinos. Y entonces comenzó la caza de los acratas.

La versión policial afirmó que un grupo de 40 peligrosos anarquistas asaltó la comisaría.

Se allanó la Sociedad de Resistencia. Destrozaron los muebles, quemaron los libros, so excusa de haber encontrado “material subversivo”. Se allanaron también las viviendas de los anarquistas de toda la zona. Había que escarmentarlos.

Dos anarquistas que participaron en los hechos, Alfonso de las Heras y Teodoro Suarez, quienes habían huido a pie, fueron detenidos y torturados por el el subcomiasrio Bianchi.

Los llevaron a la comisaría. En el patio aún estaba el cuerpo inerte de Quinteros, el compañero muerto. Los de los policías, no obstante, habían sido trasladados para “darles cristiano velatorio”.

Estos hombres, como todos los capturados, fueron atados de pies y manos con alambre de púas y torturados nuevamente. Esta vez los agentes del orden se quitaron la rabia de la humillación a latigazo limpio.

Lo peor no había llegado. Se trajo a las compañeras de los libertarios para que atestiguaran la barbarie.

Pero el latigo no bastaba. Pioneros en la tortura, los policías argentinos encontraron su morboso divertimento en parejas. Un agente levantaba de la cabellera a la victima y otro le orinaba el rostro. Delante de su mujer y de sus hijos. Mientras estaba inmóvil.

Lo anterior está tomado de la declaración de el doctor Enrique Corola Martínez, abogado que atestiguó el accionar policial y tomó la defensa jurídica de los anarquistas.

Entre las mujeres que fueron obligadas a descender, en calidad de testigos, a los sótanos de la humana monstruosidad destaca Zoila Fernández, compañera de Jacinto Vinelli, el secretario de la Sociedad de Resistecia.

Transcribo el relato hecho por esta mujer al juez deferal, doctor Perazzo Naón:

Poco después de las once me visitaron no menos de veinte policías, entre ellos el comisario de Villa Iris, los que entre insultos y amenazas me pusieron las esposas, dedicándose luego al saqueo de la casa. Destrozaron lo que pudieron en la mía, pasando de inmediato al local de la sociedad donde lo que no pudieron llevarse le prendieron fuego. Como todo esto lo hicieron en presencia mía, les pedí me sacaran las esposas para llevar a mi hijito, que apenas tenía cuarenta días, pero mis ruegos fueron desoídos, conduciéndome a golpes a la comisaría. Allí contemplé el cuadro más horrible. Los charcos de sangre causaban una dolorosa sensación. Los heridos respiraban con dificultad y de vez en cuando hacían oír un quejido entrecortado.
Cuando por la tarde los policías se habían repuesto del susto, me llevaron a la oficina, donde después de dirigirme toda clase de improperios me tomaron por la nuca y me llevaron hasta el patio para hacerme limpiar con la cara los charcos de sangre. (Testigos presenciales de este hecho relataron que Zoila Fernández gritaba histérica: '¡no me importa que me hagan esto, es sangre de machos, sangre de anarquistas!'). Luego fui conducida a un calabozo con la amenaza de que a la noche la pagaría, esta amenaza que yo la veía cumplirse, porque no hay espíritu más ruin que el del policía, y el recuerdo de mis queridos hijitos, a quienes no vería más, me estremecieron de espanto y pasé unas horas que me serán inolvidables mientras viva. Sin embargo estaba convencida que antes de ser ultrajada tendría la suficiente fuerza para hacerme asesinar. Felizmente las amenazas no llegaron a cumplirse gracias a un oficial, que habiendo sorprendido las provocaciones de los policías me hizo poner guardia. Más tarde, y por indicación del mismo oficial, logré que me trajeran a mi hijito, que se me moría de hambre y con él presencié las horribles torturas que les fueron aplicadas a indefensos obreros, que ni habían participado del hecho. Nunca vi crueldad más grande. Se les cruzaban las muñecas por detrás y se les ligaba con alambres de púa. El juez Perazzo Naón encontró a los presos en esas condiciones y, por orden suya, después de las declaraciones de práctica se nos puso en libertad a mí y a otra compañera, y a los presos se les quitó las ligaduras. Pero cuando el juez se fue a comer, los polizontes volvieron a ligarles las muñecas a los presos, aunque esta vez con alambres de fardo. Así permanecieron hasta el otro día en que fueron conducidos hasta Santa Rosa

No se tiene el nombre del oficial que defendió a la mujer.

Por otro lado, sí se tiene el nombre de un policía que actuó con justicia. Su apellido era Zárate y fue el encargado de transportar en tren hasta Santa Rosa a los detenidos.

Al llegar a la capital de La Pampa, Zárate debió enfrentar a la indignada población que quería hacer justicia por mano propia y la siempre inicua Liga Patriotica Argentina. Con temple de hierro, más cercano al de los anarquistas que a la cobardía de sus compañeros policías, Zárate condujo a los reos a la cárcel, evitando el linchamiento.

La defensa de los hombres fue tomada por Pedro E. Pico, un célebre dramaturgo, y por el ya mencionado Corona Martínez.

Acá hay otro de esos extraños casos que hacen a la mística libertaria, que en sus actos suele tener siempre algo de novelesco, de insólito, de inverosimil.

Para llegar a la verdad, Corola Martínez se mudó a Jacinto Aráuz y fingió ser un simple corredor de comercio. Así logró investigar los hechos y finalmente probar, en un extenso alegato, que el comisario Basualdo había aceptado una suma de dinero para asesinar a los anarquistas.

Esto deja claro el lugar de la policía: meros sicarios legalizados, perros de la guerra de una oligarquía atemorizada.

Una vez enterados en Buenos Aires del atropello, los distintos organismos de los trabajadores se solidarizaron con los rebeldes de Jacinto Aráuz, pero este hecho quedaría opacado por otro mayor.

Ya llegaban las noticias de las andanzas del teniente coronel Hugo Benigno Varela por tierras australes. Ya se acercaba la Patagonia Rebelde, ya se acercaba la lucha de José Font y Antonio Soto, ya se acercaban los 1500 fusilados, ya se acercaba el desprecio hasta de las prostitutas y, como no, ya se acercaba la bomba y las balas del alemán Kurt Wilckens, el vindicador, héroe y mártir de los hombres libres allá dónde y cuando se encuentren.

Las condenas, pese a la brillante defensa de Corola Martínez y Pico, fueron negativas. Seis fueron condenados a tres años de prisión y el resto cumplió entre once y tres meses.

Todos los policías fueron absueltos.

Jacinto Vinelli, el secretario, y Machado, el delegado, jamás fueron apresados.

Estos son los hechos de Jacinto Aráuz. Hechos devorados por el tiempo, olvidados por el lugar donde ocurrieron. Sólo una vez se contó esta historia que hoy rescato. Porque es necesario que sepamos que, pese a todo, alguna vez hubo hombres que en la inmensa soledad de un país que se estaba construyendo se atrevieron a levantar la cabeza y que por eso se los quiso matar. Pero no se rindieron. Porque en ocasiones hace falta pelear incluso dentro de la comisaría.

Con todo en contra estos valientes hombres ganaron la batalla. No pudieron matarlos. Ni los policías pagados para hacerlo ni el sistema carcelario.

Casi 90 años después las cosas han cambiado poco. Ya no quedan anarquistas en Argentina pero la policía sigue siendo corrupta, sigue aplicando la ley Bazán (tiro primero, pregunto después), sigue matando por encargo, sigue aplastando a los portadores de voces rebeldes y reivindicadoras. A través de este siglo incompleto se han multiplicado los Basualdo y se han extinguido los Zárate.

Aún hoy existen condiciones laborales inhumanas. Pero ya no quedan rebeldes.

En este artículo no pretendo sermonear a nadie ni implantar mis ideas, tan sólo contar la historia que algunos se han encargado de ocultar. ¿Por qué otras historias se cuentan y esta se esconde?

Porque en Jacinto Aráuz ganaron los rebeldes. El sistema perdió.

Fuentes:

“Los Anarquistas expropiadores y otros ensayos” de Osvaldo Bayer.

www.laluchaanarquista.blogspot.com

www.lafogata.org

Read more...

  © Blogger template Webnolia by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP