Víctimas | Segunda parte

>> viernes, 15 de junio de 2012


   Katja y yo no hablamos más allá del riguroso hola. Ella le dirigió la palabra a otras personas. Yo hice lo mismo. Pero presté atención a su voz y a la de sus interlocutores. Lo cierto es que me intrigaba. No demasiado, lo admito, pero sí lo suficiente como para enterarme, a través de sus dichos, que tenía amistad con la mujer del baterista de la banda, único miembro nuevo del grupo. 
   Permanecí con ellos. Creo que mis ganas de huir no fueron evidentes. Tal vez mi aburrimiento sí lo fue. Ese no era mi lugar. ¿Acaso había un lugar para mí en algún rincón de cualquiera de estas miles de ciudades pobladas por muertos en vida, vacíos y agotados?
   Tras unos cuarenta minutos comenzó el show. En mi memoria la música de la banda sonaba mejor; en mi memoria los miembros de la banda eran mejores músicos. Ah, tiempo, traidor miserable, artífice de agrias pantomimas interpretadas para la distante percepción de todos nuestros yos futuros, ladrón de los ayeres, carcelero de mis mañanas. Te odio. Tenés que saberlo, del mismo modo que tenés que saber que el agua moja.
   Cuando sonó el cuarto acorde del primer tema, sin ser detectado, me alejé del grupo. Caminé entre la gente hasta llegar a una columna. Apoyé mi hombro derecho y permanecí ahí. Fumé en silencio mientras escuchaba. Pretendía recordar por qué me gustaba Voracius. Fue infructuoso. Palpé el reproductor de mp3 que tenía en un bolsillo. Dudé un momento. Decidí dejarlo estar. Tal vez la velada escondía una sorpresa en sus penumbras.
   Fue al tercer o cuarto tema cuando vi a katjia parada a mi izquierda. Tobillos juntos, manos delante del cuerpo, dedos entrelazados. La miré de reojo. Me devolvió el gesto. 
   –¡¿Te gusta?! –preguntó con un grito necesario. Los recitales de heavy metal nunca han escatimado volumen.
   –¡Sí! –respondí.
   Asintió.
   –¡¿A vos?!
   –¡No!
   Sonreí. Esperaba una afirmación apática, protocolar, sin interés. La vi separar sus manos y tobillos. Adquirió una postura más relajada y cruzó los brazos sobre el pecho. Me miró, esta vez sin rodeos, sin valerse de su visión periférica. Yo giré y apoyé la espalda sobre la columna. Permanecimos así unos cuantos segundos. Esbozó un intento de sonrisa. Dijo algo. No supe qué, no gritó. 
   –¡¿Cómo?!
   Un gesto negativo. Movió los labios. No gritó.
   –¡¿Qué me decís?!
   Negó con la cabeza, seria, solemne. 
   –¡¿Qué me decís?! –repetí.
   –¡Que acá no se puede hablar!
   Me hizo una seña y comenzó a caminar. La seguí en la oscuridad hasta la puerta del edificio. Salimos al afuera. El frío nos golpeó como un boxeador reumático, dolió, pero su contacto no nos derrumbó. Quise, entonces, que la temperatura tuviese una rodilla que quebrar. 
   –¿Qué me decías? –pregunté mientras encendía un cigarrillo.
   –Que no sé cómo le puede gustar a alguien eso.
   La última palabra sonó despectiva. Años atrás le hubiera dicho que no era más que una ignorante en materia musical. Pero en ese momento...
   –La verdad es que ya no sé si me gusta.
   –¿Tan rápido cambiás de opinión, vos? Recién te gustaba.
   –No. Es que antes me encantaba. Y ahora... no sé.
   –¿Cuando fue la última vez que los escuchaste?
   –Hace cinco... no, seis años. La última vez que tocaron.
   No dijo nada. Sólo me miró. Su rostro carecía de toda expresión. Su lenguaje corporal no arrojaba indicios de los pensamientos que hervían en su mente. Me inquietaba. 
   Creo que Katja sintió piedad. Caminó los tres pasos que la separaban de mí yw habló.
   –Dame uno.
   Tardé en comprender que se refería a los cigarrillos. Saqué el atado, abrí la tapa y le ofrecí. Tomó uno por el filtro y se lo llevó a la boca. Le di el encendedor. Arqueó la ceja izquierda. Al fin, una expresión, algo que pude leer.
   –No sos muy caballero –dijo.
   –Soy un berserker. No me gustan las armaduras, son muy pesadas. 
   Rió. No sé por qué. Lo cierto es que el pseudo chiste no tenía ninguna gracia, ni siquiera para mí. Ella giró a la derecha. Dirigió la vista a la distancia. Examiné su mejilla izquierda. Las pequeñas salientes que dominaban cada uno de los cuadrados en su rostro parecían amenazantes. Una idea, encarnada en mil formas, azotó mi mente. Quería hablar. Pero me contuve.
   –¿No vas a preguntar? –dijo sin darse la vuelta para mirarme.
   –No.
   Giró un poco la cabeza. Creo que estaba sorprendida. No importa, duró poco. Dio una pitada al cigarrillo y volvió a perder la vista en el horizonte. 
   –Las otras minas a veces se quejan porque los tipos les miran al escote. Yo no tengo ese problema. Siempre sé qué me miran –murmuró.
   –¿En serio? –pregunté y me paré frente a ella, con la mirada fija en sus pechos. Tenía un magnífico par de tetas. 
   –Sí, en serio –dijo con fastidio, pero sin moverse.
   –Me parece que es un problema de percepción. Lo admita o no, un tipo nunca mira primero un culo. 
   –¿Ah, no? ¿Les gusta estudiar como tiene una el pelo? ¿Les gusta la sonrisa? ¿Les gusta todo, como dicen algunos?
   –Nah. Lo primero que se mira son las caderas, por cuestiones de fertilidad. Estamos diseñados para eso. Del mismo modo que vos estás estás diseñada para sentirte atraída ante una cicatriz en el rostro.
   Levanté la vista. Ella sonreía.
   –Es la evolución. Un resabio primitivo. Un tipo con una cicatriz en la cara fue lo bastante rápido para huir de, o lo bastante fuerte para vencer a, un predador. Un superviviente, poseedor de buenos genes. Ya sabés...
   –...la supervivencia del más apto.
   –Exacto. 
   Arrojé al piso la colilla a medio fumar. 
   –Acompañame –dijo y comenzó a caminar. Decidí seguirla. No me aburría.
   Paralelo a ella, mis pasos imitaron el ritmo de sus pasos. Nos alejamos un poco de la zona céntrica. Miré hacia el este. Pensé en el segundo cordón de la ciudad y en la avenida. Pensé en un cabrón que conocí en 2001. La clase de tipo que habita en bares oscuros, entre putas y ladronzuelos de poca monta. Él me llevaría a una villa o a un prostíbulo. Él me llevó, una vez, a un prostíbulo en una villa. No cogimos. Nada más terminó a las trompadas con un fiolo. Y nunca supe por qué. Ni para qué. Me agradaba. No era aburrido. Me pregunté, entonces, mientras seguía a Katja, si no sería otra de las mentiras que me decía, si la necia memoria no habría moldeado también las huellas que ese sujeto dejó en mi vida. Pasaría un buen tiempo para que pudiera responder a esa pregunta. Pero esa no es esta historia (1).
   Caminamos a través de callejuelas oscuras durante casi una hora. Recorrimos unos siete kilómetros. No hablamos. No quise preguntar cual era nuestro destino. Sabía que cuando se detuviera habríamos llegados. Y se detuvo, sí. Aún cuando evito las calles y sus pobladores, reconocí el lugar de inmediato.
   –¿Ahora es cuando me pedís prestada la campera y decís que mañana la pase a buscar por tu casa? –pregunté mientras miraba los inmensos paredones del cementerio municipal.
   –¿Por qué decís eso?
   –Siempre quise ser parte de una leyenda, aunque fuese una urbana.
   –Con eso no te puedo ayudar, Santiago.
   Se paró delante de mí, con las manos en los bolsillos. Nos miramos sin pronunciar palabra. No pestañeé. Pensé que ella me imitaría, pero no fue así.  
   –¿Ahora tampoco vas a preguntar?
   –¿Qué? –dije y desvié la mirada desde su rostro hacia el muro.
   –Ya veo. ¿Sos necrofilico? 
   –No. ¿Vos sí?
   –A lo mejor...
   Retrocedió dos pasos, sacó las manos de los bolsillos y volvió a cruzar los brazos sobre el pecho. Me dio la espalda y comenzó a caminar. La seguí. Nos movimos a lo largo del perímetro, junto al paredón este de la inmensa necrópolis. Comencé a inquietarme. No por su actitud, no por el lugar, sino porque presentía mi error; presentía que el aburrimiento del que creí huir al emular los pasos de esa mujer sólo había dado un rodeo. Me sentí muy estúpido. 
   Llegamos a una entrada lateral, una puerta reja de dos metros de altura, descolorida y herrumbrada. Ella posó sus manos en uno de los barrotes y me miró.
   –¿Venís? 
   Me encogí de hombros, vulgar y apático. Lo único más aburrido que un jodido humano es un jodido humano muerto. Muerte y silencio no son sinónimos.
   Katja presionó la reja hasta que la puerta cedió. Al parecer la cerradura estaba vencida desde mucho tiempo antes y sólo se cerraba a presión. 
   –No dejés abierto cuando entrés –dijo y se adentró en el cementerio.
   La imité y cerré la puerta tras de mí. Caminamos en la oscuridad. Ella marchaba segura, conocía bien el terreno. Me pregunté cuantas veces habría transitado ese sendero. De pronto no fue difícil imaginar a una adolescente segregada por sus compañeros de escuela, no fue duro imaginar los refugios habitados por jóvenes solitarias. Espacios físicos, espacios mentales; los cementerios, el misticismo. Todo teñido por una mancha amoratada, dividida en cuadrados de perfecta simetría, coronados por formaciones cilindricas, similares a espinas. 
   Mientras avanzábamos el mutismo de Katja cobró un significado nuevo. Las dudas me asaltaron. 
   Me costaba mucho distinguir algo en medio de la oscuridad. Nos alejamos de los focos que iluminaban el sector de panteones familiares, a través de pabellones repletos de nichos, hacia las tumbas en el sur. Caminamos sobre el barro, entre lápidas y cruces, hasta una pendiente. Me detuve y alumbré con mi encendedor. Abajo, lejos, estaban los humildes sepulcros de los pobres.
   –Apagá eso.
   –¿Por?
   –Nos puede ver el cuidador.
   Parecía sensato. Guardé el encendedor. Ella caminó un poco más, hasta una tumba de cemento, gris y descuidada. No pude leer la lápida. Intuyo que tampoco podría haberlo hecho a la luz del día. 
   –Seguís sin preguntar nada –murmuró y tomó asiento sobre la losa. 
   –¿Y qué querés que pregunte?
   –¿No tenés miedo? –cuestionó, severa, mientras cruzaba las piernas.
   –No parecés peligrosa. 
   –¿Y yo soy el único peligro acá?
   –No hay lugar más seguro en toda la ciudad. Están todos muertos.
   Soltó una carcajada. Me pareció honesta. Me pregunté a cuantos habría arrastrado hasta ahí antes.
   –No le tenés miedo a los fantasmas, por lo que veo –dijo.
   –Soy ateo. Y vos tampoco parecés asustada.
   –Puedo ser muy buena actriz.
   –¿Te gusta el teatro?
   –No. A vos te debe gustar.
   –¿A mí?
   –Ajá. Me dijeron que sos escritor.
   –Novelista, no dramaturgo. 
   Nos quedamos en silencio, una vez más. Estaba nervioso, lo admito. Ateo o no, esos lugares sugestionan. Al menos un poco. Incluso a mí. Por segunda vez en la noche pensé en cierto cabrón que conocí en 2001. Él se reiría de la situación, supongo. Pero el que estaba ahí era yo. Y no veía nada cómico en la situación. 
   –¿Por qué viniste? –preguntó ella, tras un tiempo difícil de medir.
   –Porque me pediste que te acompañara.
   –Está bien. ¿Pero por qué accediste?
   –No sé... me pareció que no iba a aburrirme con vos.
   –¿No querías cogerte a la mina de la cara?
   –¿Qué?
   –Así me dicen, ¿no? “La mina de la cara”. Escuché a varios que me decían así.
   –¿Esta noche?
   –Esta y todas las noches.
   –Me da igual lo que tengás en la cara, la verdad.
   –Qué tierno.
   –No te creas. 
   Silencio. Katja apoyó el codo izquierdo sobre la rodilla derecha y descansó el mentón sobre la palma de la mano. Los dedos cubrían buena parte de la marca en su rostro. 
   –Bueno, Santiago, te bancaste que no te hablara durante una hora, me seguiste hasta el cementerio. Supongo que ahora querés tu premio.
   Apoyó la mano derecha sobre mi entrepierna. 
   –Te seguí hasta el fin del mundo, hasta el fin de miles de mundos. Pero no fue una proeza –dije.
   Ella bajó el cierre de mi pantalón y extrajo el miembro. Inclinó un poco su cuerpo y rozó mi glande con sus labios. Sacó un profiláctico de su cartera.
   –Yo me cuido –dijo.
   Asentí. Me puso el preservativo y lamió el tronco del falo, despacio, sin prisas, hasta llegar al glande. Su lengua se deslizó como una serpiente ágil y atrevida sobre el orificio. Introdujo el pene en su boca, poco a poco, hasta llegar a la base. Movió el cuello hacia atrás. Y hacia adelante. Atrás. Adelante. Atrás. Adelante. Se movía como si mantuviera el ritmo de una sinfonía imaginaria. La cadencia no cambió durante varios minutos. En algún momento comenzó a masturbarme mientras concentraba su boca en el glande. Apoyé mi mano en su cabeza. Ella elevó el mentón.
   –¿Así? –preguntó. 
   Cerré los ojos y presioné su nuca con mucho cuidado. Ella succionó un poco más. Apretó mis testículos. Dejó escapar un gemido, ahogado por mi verga. Era buena actriz. 
   Se puso de pie y me empujó con suavidad. Comprendí de inmediato. Me senté sobre la losa. Ella subió su vestido hasta la cintura y corrió a un lado la diminuta tanga que usaba. Abrió los labios vaginales con una mano y con la otra guió mi pija. Descendió hasta quedar sentada a horcajadas sobre mí. El tapado se deslizó un poco. Sus hombros quedaron a descubierto. Solté sus tetas, abracé su cintura y me acerqué a sus pezones. Mi miembro estaba dentro de su concha. Chupé desesperado, como quién halla agua en el desierto tras días perdido en el árido océano de arena. Katjia comenzó a cabalgar. La ayudé con mis brazos. Apoyó sus manos en mi pecho. Me acosté sobre la tumba. Arqueó la espalda. Aumentó la velocidad. 
   La sensación era extraña. El frío en mi espalda, el calor en mi pecho. Y debajo, a dos metros bajo tierra, una legión de gusanos en plena orgía. Tragaban trozos de carne putrefacta, comían muerte, excretaban vida. Justos y tiranos se pudren igual en las entrañas de la tierra. Y sus cadáveres apestan del mismo modo. Al principio nos expulsan a la existencia a través de un hueco húmedo y a un hueco húmedo volvemos al final. Otra madre, otras tinieblas, un festín natural en el verdadero útero sustituto. 
   Las raíces y los animales que las devoran y sus predadores y el hombre, Destructor de Mundos, todos caen, todos son devorados por el suelo. ¿Dónde está el mal? ¿En las carcasas de la virtud, disueltas en el negro humus? ¿O en el mismo humus que alimenta las raíces de la ignorancia? ¿Está en la osamenta de un psicópata muerto o en la actitud de los irrespetuosos que cogen sobre su tumba?
   Katja se recostó sobre mí e intentó acostarse sobre la losa. Me levanté y le permití ocupar el espacio. Abrió las piernas. De rodillas volví a penetrarla. Tomó mi cara entre sus manos y me guió a su rostro. La besé en los labios. Ella abrió la boca y el breve roce se transformó en contacto pasional. Levantó las piernas y me abrazó con ellas. Presionó mi cabeza, me guió a sus tetas. Volví a deleitarme. Apreté sus nalgas con ambas manos. Pude oírla gemir. Creo que fue honesta, al menos esa vez. 
   Subió sus piernas hasta que las pantorrillas tocaron mis hombros. Tomé sus gemelos y me incliné hacia adelante, pero no demasiado. Me costaba mantener el equilibrio, el cemento me lastimaba. Susurró algo, no pude entender qué. Se apoyó sobre los codos, intentó incorporarse. Miré a los lados. Por un momento creí que habíamos sido sorprendidos. 
   –¿Estás listo, ya? 
   –No... –murmuré.
   –¿No querés acabar?
   –Te espero a vos...
   –No esperés nada.
   A los empujones hizo que me apoyara sobre la lápida. De rodillas, una vez más, me sacó el preservativo y comenzó a chuparme la pija. Veloz, decidida, casi desesperada. ¿Querría ya salir de ahí?
   –Dale hijo de puta, acabame.
   Ya no chupaba. Sólo frotaba. Pajeaba con fuerza, me hacía un poco de daño. Tenía claro que estaba apurada.
   –Dame la leche –dijo y lamió el glande.
   Sentí cerca el orgasmo. Intenté ralentizarlo, pero fue en vano. Ella también lo notó. Tomó mi mano derecha y la acercó a su cara.
   –Dame la lecha. Damela toda. ¡Acabame en las tetas! – exclamó.
   Apuntó mi miembro a sus pechos y aumentó un poco más la velocidad con la que movía su mano. Guió la mía hasta su mejilla izquierda y presionó mi palma sobre su rostro.
   Mientras me estremecía, sentí esos cilindros como espinas pinchar mi carne. Aumentó la fuerza en ambas manos. Temblé. Frotó mi verga sobre sus tetas y mi mano sobre sus espinas, movió ambas partes de mi cuerpo sobre su anatomía, mi piel se rasgó en el mismo momento en que estallé. Un chorro de semen tiñó de blanco su cuerpo; cuatro gotas de sangre tiñeron de carmesí su cuerpo. Pensé en los perros y sus dominios, la orina que delimita un territorio; los gatos y sus conquistas, el aroma que anuncia la propiedad.
   Katja me soltó. Miré mi palma: estaba bastante lastimada, pero nada de gravedad. Sacó de su tapado un pañuelo descartable y limpió sus pechos. De pie, ambos, acomodamos nuestras ropas. Sólo entonces me percaté del frío.
   –¿Te gustó? 
   –A mí sí, a mi mano no –respondí.
   –Vamos afuera a fumar un pucho –dijo y me dio la espalda.
   Salimos por el mismo camino por el que entramos. Caminé cabizbajo, ido, fuera de sitio. No tenía muy claro qué había ocurrido. El orgasmo había sido fuerte, sí, pero no era eso, no. 
   Una vez en la calle saqué dos cigarrillos y los encendí. Le di uno. Ella se apoyó en el muro y fumó en silencio. Me miraba, pero no había emoción en su rostro. Ni satisfacción ni decepción, ni ira ni afecto. Sólo un vacío inmenso, indiferente. 
   –¿Ahora sacás el celular y me pedís mi número para llamarme mañana? –preguntó cuando casi había terminado su cigarrillo.
   –No tengo celular.
   Sonrió. Bajó la mirada. Soltó la colilla y la aplastó con la suela de su bota. Elevó el mentón y exhaló los restos de humo que aún tenía en los pulmones.
   –Felicitaciones. Ganaste.
   –¿Ah sí? 
   Asintió.
   –No sabía que era un juego todo esto.
   –Competencia –murmuró.
   Me pregunté si se refería a una contienda o un piso de aptitud.
   –No rogaste, no mentiste, no hiciste preguntas. Fingiste bien.
   –La verdad es que no hice nada. Ni siquiera fingir. Yo soy así las veinticuatro horas del día.
   –Casi te creo. 
   Miré mi mano. Aún sangraba un poco.
   –¿Ahora sí querés preguntar algo?
   –No, creo que voy a dejar las cosas como están.
   Asintió tres veces. Luego comenzó a caminar. Me quedé ahí, obnubilado por la confusión. La vi desaparecer tras una esquina. Nunca miró atrás. Fumé otro cigarrillo y luego caminé en busca de un taxi. Regresé a mi casa, aunque era bastante temprano. Dormí bien. 
   Si hubo sueños no los recuerdo. 
   Alrededor del mediodía sonó el teléfono. Llevaba una hora despierto, pero me fastidió de todas formas. Caminé hasta el escritorio, el frío del piso me recordaba los hechos de la noche anterior. No supe si eso era bueno o malo.
   –Espero que sea importante.
   –¿Santiago?
   –No si van a ser los tres reyes magos. ¿Sos vos, Flaco?
   –Sí. Llamaba para ver si estaba todo bien.
   –¿Por qué iba a estar todo mal? 
   –Desapareciste anoche.
   –Ah, sí. Es que me fui con Katja.
   –¿Con quién?
   –La amiga de la novia del batero nuevo.
   –No caigo.
   –La mina de... la cara.
   –Uh...
   –¿Uh qué?
   –No, nada, es que...
   –¡¿Qué?! –exclamé, sin saber si mi furia fue desatada por tener que responder el teléfono o por el tema de conversación. 
   –Nada, nada.
   –Nada no. 
   –Es que esa mina...
   –¿Qué tiene? ¿Sida? ¿Cleptomanía? ¿Lleva muerta diez años? ¿Es terrorista? ¿Ladrona? ¿Asesina? ¿Puta? ¿Qué, Flaco, qué pasa con ella?
   –No, puta no es... ¿te dijo de qué labura?
   –Flaco... –sentí náuseas.
   –Vende videos porno amateur a una productora, tipo cámara oculta. Mi señora me mostró un par. ¿Vos te fuiste a la cama con ella?
   Corté la llamada. Me puse de pie, un poco mareado. Caminé al baño, pensé que iba a vomitar. No ocurrió. Inspiré profundo y regresé al sofá. De pronto, solté una carcajada. Reí durante varios minutos, incontenible, irrefrenable. Encendí un cigarrillo cuando me calmé. Di una pitada larga, profunda, y me regalé cuatro palabras:
   –Víctimas, todos lo somos.






1- Pueden leer lo referido a esa otra historia en la novela “El Tedio”, de próxima aparición.


Esta historia ha sido dividida en dos entradas para facilitar su lectura. Click ACÁ para ir a la primera parte.

Read more...

Legalidad

>> miércoles, 1 de junio de 2011



Las voces a favor son las mismas. Las voces en contra son las mismas. El hecho es apenas otro punto del que pretenden aferrarse los mismos de siempre: reformistas vs conservadores. La historia de nunca acabar. Y nunca mejor dicho, ya que nos enfrentamos a un orgasmo interrumpido.

Durante la última década, esta sociedad salida de una película de George Romero comenzó a creer que se hablaba sin tapujos de "Eso de legalizar la droga". Nada más lejos de la verdad.

Por principio, muchas drogas peligrosas son legales y lo fueron siempre, como por ejemplo los antidepresivos, ese barco insignia de la industria farmacéutica, tan beneficiada por la hipocondría de los tiempos que corren.

Lo cierto es que no se habla de la cocaína, no se habla de la heroína ni, mucho menos, de legalización.

Sólo se discutió un poco sobre la despenalización del consumo de marihuana. No hubo un verdadero debate, al menos a mi juicio.

Sí es verdad que La Cámara Federal falló a favor de la despenalización pero eso ocurrió en 2009, por un lado, y por el otro aún se mantiene una figura agresiva: la criminalización por tenencia simple.

Esto significa que se puede cultivar marihuana para el consumo, pero no para la venta. Lo cual, a primera vista, parece perfecto. Pero la perfección está muy lejos de estos lares. Porque no existe un verdadero parámetro para definir cual es la cantidad de marihuana que un individuo consume. Del mismo modo que hay quienes fuman dos cigarrillos al día y otros cuarenta, hay quienes fuman dos porros al día y otros que fuman cuarenta. Sí, cuarenta.

¿Y qué es la tenencia simple? Lo que su nombre indica, tener una pequeña cantidad. ¿Y cómo se consume sin tener? Ah, las contradicciones criollas. Lo mejor del asunto es que la tenencia simple se castiga, según el artículo 14 de ley 23737 del código penal, con una temporada de cárcel, que va desde el mes a los dos años. Aunque se haya declarado inconstitucional, ocurre de todas formas. No es muy distinto al concepto de "Objeción de conciencia", que permite a los funcionarios incumplir la ley y NO TRABAJAR PERO COBRAR DE TODAS FORMAS cuando, por ejemplo, se niegan a casar a una pareja compuesta por personas del mismo sexo.

Existe un verdadero proyecto de ley para despenalizar el consumo y cultivo para uso personal, el número es 7258 y plantea lo siguiente:

ARTICULO 1º. — Deróguese el inciso a) y el anteúltimo párrafo del artículo 5 de laley 23.737 y sus modificatorias.
ARTICULO 2º. — Modificase el inciso d) del artículo 5 de la ley 23.737 y sus modificatorias, el que quedará redactado de la siguiente manera:
“d) Comercie con plantas utilizables para producir estupefacientes, o las tenga con fines de comercialización, o las distribuya, o las dé en pago, o las almacene o transporte.”
ARTICULO 3º. — Modificase el último párrafo del artículo 5 de la ley 23.737 y sus modificatorias, el que quedará redactado de la siguiente manera:
“En el caso del inciso e) del presente artículo, cuando la entrega, suministro o facilitación fuere ocasional y a título gratuito y por su escasa cantidad y demás circunstancias, surgiere inequívocamente que es para uso personal de quien lo recepta, la pena será de SEIS (6) meses a TRES (3) años de prisión.”
ARTICULO 4º. — Modificase el artículo 6 de la ley 23.737 y sus modificatorias, el que quedará redactado de la siguiente manera:
“Será reprimido con reclusión o prisión de cuatro a quince años y multa de veinte mil a un millón de pesos el que introdujera al país estupefacientes fabricados o en cualquier etapa de su fabricación o materias primas destinadas a su fabricación o producción, incluso cuando habiendo efectuado una presentación correcta ante la Aduana posteriormente alterare ilegítimamente su destino de uso.
En estos supuestos la pena será de dos a doce años de reclusión o prisión, cuando surgiere inequívocamente, por su cantidad, que los mismos no serán destinados a comercialización dentro o fuera del territorio nacional.
Si los hechos fueren realizados por quien desarrolle una actividad cuyo ejercicio depende de autorización, licencia o habilitación del poder público, se aplicará además inhabilitación especial de tres a doce años.”
ARTICULO 5º. —. Deróguese el artículo 14 de la ley 23.737 y sus modificatorias.ARTICULO 6º - Modificase el artículo 15 de la ley 23.737 y sus modificatorias, el que quedará redactado de la siguiente manera:
“Las hojas de coca en su estado natural destinado a la práctica del coqueo o masticación, o a su empleo como infusión, no serán consideradas estupefacientes a los fines de esta ley.”
ARTICULO 7º. — Deróguense los artículos 16, 17, 18, 19, 20, 21 y 22 de la ley 23.737 y sus modificatorias.
ARTICULO 8º. — Deróguese el artículo 29 bis y sus modificatorias.
ARTICULO 9º. — Deróguese el artículo 31 ter y sus modificatorias.
ARTICULO 10º. — Comuníquese al Poder Ejecutivo.


Pueden leer el texto completo en ESTE ENLACE

Como verán, es una regulación más justa y menos retrógrada. Pero con eso no es suficiente. El sistema, desde los medios, alimentó el tabú durante casi un siglo y la ilegalidad de determinadas sustancias que, en efecto, son perniciosas para la salud. Pero lo hizo de un modo hipócrita. Alguna vez el whisky fue ilegal, a fin de cuentas.

Esto obedece a varios factores. Por un lado la pacatería de una sociedad con un ala conservadora dominante, los vestigios de las atrocidades cometidas por el clero contra las libertades del individuo y el interés en detener, o al menos ralentizar, el cambio social. Por el otro, a la economía. Seré breve:

¿Cuantos millones en ganancias generan las drogas legales? Demasiados. Sean las drogas de consumo social, sean las recetadas. Y todos son nocivas para la salud. Aún así, perseguimos a un pibe que fuma a un porro pero le damos las gracias al médico cuando nos mete un cóctel de pastillas con decenas de efectos secundarios.

En general, esto no se discute. Tan preocupados por la salud, los enemigos de la legalización no parecen inquietarse al ver miles de adolescentes drogados con antidepresivos. No se inmutan al ver la creación de clases especiales para reconocer el lenguaje del cuerpo, algo que antes fuera innato pero que hoy se ha perdido, gracias a la omnipotente televisión. Igual que esos otros, los enemigos del aborto, los amigos de la pena de muerte. Los lacayos del capital.

Se habla aún de "La droga", con expresión de sorpresa y fingida preocupación. Señora, no sea bruta, la nena de quince años fuma porros y comparte cama con varios tipos a la vez. ¿Y tan terrible es? Señora, no sea bruta, el problema con su hija no es la marihuana ni el sexo, el problema con su hija es que está alienada, no es capaz de tener una idea propia porque sólo conoce los modelos del sistema, porque tiene menos inquietudes intelectuales que una baldosa, porque usted se creyó transgresora cuando le invitó un cigarrillo. ¿Entiende? Fumar marihuana no es un acto de rebeldía. Su nena no es rebelde. Rebelde es el Subcomandante Insurgente Marcos. Su hija es tan bruta como usted, ese es el problema. Y, pasada esta etapa, intuyo que recreará los mitos y tabúes que usted apuntala a causa de su ignorancia.

Esa es la urgencia del cambio en la regulación. Porque mientras usted trata de salvar el honor de la nena ante este escritorzuelo pobre y desconocido, allá afuera, en las calles, los consumidores todavía son perseguidos, por sociedad y policía, por fumar una plantita menos dañina que los cigarrillos que usted y yo fumamos sin culpa, sin juicios de valor de terceros ni miedo a la cárcel.

Acá un extracto de un "debate" moderado por el periodista Gerardo Rossin. Los invitados: Sebastián Bassalo, de Revista THC, y Claudio Izaguirre, de la Asociación Antidroga Argentina, una asociación civil sin fines de lucro.



Quedan claras las posturas. ¿Verdad? Izaguirre tuvo un papel mínimo en la captura de Erich Priebke, el criminal nazi que se ocultó durante décadas en Bariloche, pero lo cierto es que es un sujeto de amistades peligrosas.

Acá se lo puede ver junto a Alejandro Biondini, el Hitler criollo:




Él afirma que fue engatuzado para sacarse esa foto, que no sabía bien quien era Biondini, que era una especie de conspiración en su contra coordinada por Horacio Verbitsky. Le daría el beneficio de la duda, si no fuera por esta otra foto:



La Casa Patria es, en palabras de sus fundadores, "Un espacio cultural, editorial y doctrinario patriótico". Con Biondini, con esos neonazis apenas salidos de la pubertad, con chupacirios, hispanistas y fachos de todos los colores. En definitiva, los que dicen las cosas que piensa gente como Cintia Hotton y Chiche Duhalde; en definitiva, los mismos de siempre, fascistas vomitivos, simios que danzan ante billetes.

¿Y los consumidores encarcelados? A pocos nos importan, al parecer.

¡ODIO TODO ESTO!

NOTA: Si alguien va a repostear esta nota en Taringa! o en algún otro sitio, agradecería que citen el blog como fuente y, de paso, me avisen, porque me encanta el feedback.

Read more...

Feliz día de GEORGE ROMERO

>> domingo, 24 de abril de 2011

Como hoy se celebra el caminar del primer zombie, propongo a todos los ateos, agnósticos y miscelaneos festejar hoy el día de George Romero, padre nuestro que estás en Hollywood.

RAmén!

Read more...

¿Abandoné la maldición?

>> lunes, 11 de abril de 2011

¿Está olvidado el blog?

¿Ahora que empecé terapia psicológica ya no necesito quejarme por escrito?

¿Me busqué una novia que no me deja escribir?

¿Las letras pertenecen al pasado?

¿Me hice bancario?

No. No. No. No y recontra no. No estoy muerto, tengo resaca, camaradas. Resaca, a causa del exceso. Sobredosis de trabajo. En breve, comenzará la avalancha de publicaciones en el blog. ¿Qué voy a publicar? Todo aquello en lo que he estado trabajando.

SE VIENE: Mi nueva novela, dos antologías de relatos, nueva sección, nuevo diseño y otros proyectos de los cuales no quiero hablar aún, pero bastará con decir que figuran en mi agenda un par de colaboradores internacionales.

Ya lo verán ;)

Read more...

Nunca Menos

>> jueves, 24 de marzo de 2011

No comparto la idea. No soy un demócrata tibio y progre del siglo XXI. Soy un anarquista. Pero disfruto las ventajas (pocas, muy pocas) que el sistema me brinda.

En este momento, mi mayor placer es escribir (la verdad, la verdad y sólo la verdad) con toda la tranquilidad que pueda experimentar un hombre. Otros no la experimentaron. Otros escribieron (la verdad, la verdad y sólo la verdad) con plena conciencia de estar colgándose una soga al cuello. Walsh, allá en el 77. Y tantos otros como él.

Dosis de libertad, ningún soma postmoderno, verdaderas herramientas para generar ideas. Dosis de libertad que aprovecho para decir lo que tantos olvidan.

HECHO: En Argentina se cometieron crímenes de lesa humanidad al amparo de la Santa Basura Católica. Los capellanes que estuvieron presentes en las ejecuciones no fueron a auxiliar a las víctimas. Fueron a limpiar la conciencia de los verdugos. "Estos hombres y mujeres están libres de pecado, pueden ir en paz con Dios" decían para consolar a los perros de la guerra de los dictadores.

HECHO: Durante ese período el país estuvo gobernado por un manojo de burros (con perdón de los burros) en todos los aspectos. En todos, excepto en la economía. Ahí, como siempre, se sentaron civiles nefastos que utilizaron las herramientas del país para endeudarnos a todos; para engordar sus propias cuentas bancarias.

HECHO: En nombre de la esvástica por un lado, y de la hoz y el martillo por el otro, se cometieron genocidios a lo largo del siglo XX. Verídico, pero quienes afirman esto debieran recordar que los 30000 desaparecidos criollos fueron sacrificados al dios Mercado en nombre de la Escuela de Chicago, en nombre del capitalismo.

HECHO: La milicada temía no poder evitar la "subversión" cultural. No lo lograron, cosa que aplaudo. Pasamos de la represión de cualquier idea concebida fuera de los torvos límites del establishment a tener matrimonios formados por parejas del mismo sexo, soft porno en canales de aire y remeras del Che para todos. Eso sí, la cultura está destruída en cualquier otro aspecto, pero peor es Videla.

HECHO: En el aspecto económico no fallaron. Lo que se inició con Martinez de Hoz sobrevivió en tiempos de Alfonsín y vivió su luna de miel con Menem. Después vino De la Rúa, los cinco presidentes en una semana y esta era K, que tantos quieren asociar con el primer peronismo.

HECHO: Fue una dictadura fascista. Sin el componente del prejuicio racial, sí, pero el prejuicio racial no es conditio sine qua non del fascismo.

HECHO: La izquierda peronista no era Montoneros. Montoneros no era Firmenich. Firmenich era católico y comenzó su militancia en Tacuara, un grupito fascistoide. Esto último no lo comprobé. Todo lo demás sí.

HECHO: El famoso "pueblo peronista" estaba más cerca de Rucci negociando con el establishment que de Montoneros llamando a la revolución social.

HECHO: El argentino promedio es un cobarde. El primer día les creo la pasividad. En siete años tuvieron tiempo de sobra para matar a los tiranos. Pero no lo hicieron. Lógico, estaban ocupados mirando pulcras señoritas en la televisión.

HECHO: ¿Cómo se enfrenta un tanque de guerra? En China alguien se pararía delante y no le permitiría avanzar.

HECHO: ¿Cómo se dice la verdad? Arriesgando la vida. Walsh lo sabe.

Y tantas otras cosas que nunca se dicen. No hubo dos demonios. Hubo un demonio y una sociedad imbécil. No hubo proceso de reorganización nacional. Hubo una puta tiranía. No hubo juicios. Hubo comedia sin gracia (gracias, Alfonsín, por las leyes de obediencia debida y punto final, me dieron ganas de matarte, así descubrí mi vocación regicida).

La última dictadura es, en esencia, el gran trauma patrio. La patria es una mierda. Nunca más, esta mierda, por favor, nunca más.

Y nunca menos que esto, tampoco. Nunca menos que decir la verdad. O intentarlo.


Diego Nieto | www.unamaldicion.com.ar

Difundir si se considera pertinente.

Read more...

  © Blogger template Webnolia by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP