¡Papel!

>> sábado, 8 de septiembre de 2012

Cuando decidí utilizar las licencias Creative Commons, mi intención era evitar por todos los medios que se pusiera en pie de igualdad a mis lectores con los criminales. Bajar un archivo no es delito, mal que le pese a los agoreros de siempre. 

En rigor de verdad, nunca pensé que mi trabajo pudiera exceder los amplios, pero limitados, dominios de internet. Una vez más, la realidad prueba mi error.

No sólo sé de gente que imprimió varios de mis libros de modo doméstico (gracias, Cintia C.), si no que ahora me informan de la impresión profesional de un libro mío (cartel compartido con otros dos autores). Se trata de Las Huellas del Olvido, mi primera novela. He aquí las pruebas:





PORTADA






INTERIOR 


El padre de la bestia es Federico Podestá (aka Tuor, editor de las "Crónicas de Regnum", un compilado de relatos ambientados en el mundo del mmorpg Regnum Online; compilado que inicia con mi novela). Las palabras sobran. O no bastan, no estoy seguro.

Esto fue lo último que se publicó con mi apellido legal. 

Read more...

No More Mr. Grandson

>> viernes, 7 de septiembre de 2012

A mis queridos lectores:

Ustedes me han acompañado durante los últimos cinco años. No bastan las palabras para agradecerles. Son grandes.

Pero ocurre que a partir de hoy, ya no será publicado nunca un texto de Diego Nieto.

Lo cual no significa que renuncie.

Ocurre que en los últimos días he tomado conocimiento de la existencia de colegas de nombres similares al mío: Alejandro Nieto (ensayista; ed. Ariel & otras) y Alejandro DIEGO Nieto (novelista; ed. Anthema & Lulu.com). Ambos mayores que yo; ambos publicados antes que yo.

Por respeto a ellos, y por evitar confusiones, he decidido adoptar un nom de plume.

A partir de este momento firmaré todo mi trabajo como Diego Terán.

Ya saben: No More Mr. Grandson




Read more...

YO, PECADOR

>> sábado, 4 de agosto de 2012


YO, PECADOR


Otoño de 2012. En algún lugar de Argentina.


Es un hombre común. El tipo de hombre que asiste a misa. No desentona con el lugar. Está acompañado por una mujer y dos niñas. Permaneció solemne durante toda la ceremonia. 
Ahora se lo ve impaciente. Incluso tiembla un poco mientras espera su turno para entrar al confesionario. Su compañera habla con las mujeres. Le dan la bienvenida al pueblo. Él apenas si saluda. Ella les explica: es una persona tímida, pero un gran hombre, muy devoto y solidario. Sonríen. Todos.

Tras un tiempo difícil de cuantificar, el tipo entra en la cabina de madera.

–Perdóneme, padre, porque he pecado –dice.

–¿Cuando te confesaste por última vez? –pregunta el sacerdote.

–Hace cinco días.

–¿Y qué hiciste en tan poco tiempo?

–Forniqué y mentí.

–¿Qué tipo de mentira?

–El tipo de mentira que se mantiene hasta la tumba, padre.

Silencio. El cura parece confundido. Frunce el ceño. Tras un momento se frota las manos y comienza a sonreír.

–¿Por qué tenés que mentir tanto tiempo, hijo?

–Porque... porque es como armé mi vida.

–Ajá... ¿pero por qué?

–Porque la gente de la unidad penitenciaria pensó que era lo mejor.

–¿Unidad penitenciaria?

–Sí, para menores. Salí a los 21 años.

–¿Qué hiciste?

–Maté. Pero creo que Dios ya me perdonó por eso.

–Hijo... ¿a quién carajo mataste? –dice el cura, severo, cabreado.

–A... a varios compañeros de colegio.

El sacerdote saca, de un bolsillo, su celular y activa una de las funciones: grabar audio.

–¿Cuando mataste a esos compañeros?

–Fue hace mucho... ¿usted lee los diarios?

–Sí.

–¿Se acuerda de... de la masacre de Rander, en el '99?

–¿La de Los Tres Chalados?

–Sí... esa.

–Me acuerdo, me acuerdo. Seguí.

–Bueno... yo soy Raúl Silana.

–¿Quién?

–¡El que sobrevivió!

–Ah... ya veo. No grités.

–Está bien. Perdone, padre. Es que hablar de esto...

–Te entiendo, hijo. Pero explicame. ¿En qué mentís?

–Mi nombre, padre. Ahora me llamo Raúl Lanasi.

–¿Nombre legal?

–Sí, me lo cambiaron antes de entrar a la unidad penitenciaria. Nadie sabía quién era. Les dije que estaba adentro por robo. No me creyeron.

–Ajá. Pero si ahora te llamás así no es una mentira.

–No... pero le miento a todo el que conozco. Nunca digo quién soy... qué hice. Ni mi mujer sabe nada sobre todo eso. Ella cree que fui a la escuela en un pueblo del sur y que me mudé a la ciudad a los 21 años, cuando murieron mis padres; cuando me liberaron.

–Hijo... ¿cuanta gente mataste?

–Creo que cuatro. No estoy seguro. Eramos tres... yo... padre....
Raúl solloza. El cura se cubre la boca para reprimir una carcajada. Cuando logra contenerse retoma la palabra.

–¿Por qué los mataste, hijo?

–Planeamos todo durante casi un año. Los dos que fallecieron eran mis únicos amigos. Nos jodían todo el tiempo. No les decíamos nada porque después era peor. Ellos eran muchos, nosotros no. Afuera también era jodido. En mi casa era jodido. No sabíamos qué hacer. Yo esperaba tocar fondo, pero el fondo no llegaba. Cada vez estaba peor. Un día le pegaron a Leandro porque sí. Según ellos era la chota, por el cumpleaños. Era mentira. Había cumplido cinco meses antes. Nada más tenían ganas de pegarle a alguien y nosotros estábamos ahí.

–¿Entonces?

–Ahí decidimos que teníamos que matarlos a todos. Al principio era una fantasía. Hablábamos de eso para hablar de algo. Planeábamos como sería para ocupar el tiempo. Conseguimos las armas para no cruzarnos de brazos. Y un día le pegaron de nuevo a Juan, igual que a Leandro, por nada. Al otro día... pasó lo que pasó.

–Les dispararon a los que les hacían la vida imposible.

–A todos los que nos cruzamos. Recorrimos cada piso, revisamos los baños, las aulas, todo, hasta llegar a la rectoría. Fue muy raro eso. Es gracioso, creo.

–¿Qué cosa es graciosa?

–Cuando entramos a la rectoría había una compañera de nuestro curso. Pero no estaba asustada. No se escondía. Tenía una soga al cuello. La Chancha, así le decían, se estaba por suicidar.

–¿Y ustedes que hicieron?

–La dejamos.

–No le veo la gracia.

–Que La Chancha se llamaba Agustina Mola.

–Igual que la modelo.

–Es la modelo.

–¡¿Era gorda?!

–Obesa.

–Ah, mierda.

–Sí, yo dije lo mismo cuando la vi en la tele.

–Terminá de contarme. ¿Qué pasó después?

–Salimos de la rectoría y discutimos. Empezamos a escuchar sirenas. Juan quería enfrentar a la policía. Leandro decía que podíamos escapar. Yo quería salir vivo. Cada uno hizo lo que quiso. Leandro bajó las escaleras y no lo volví a ver. Supe que alguien le quebró el cuello, pero nunca lo resolvieron.

–¿La policía?

–Supongo. No sé quién más podría hacer algo como eso.

–¿Y el otro?

–Juan enfrentó a la policía, como quería. Los escuché desde abajo cuando se tiroteaban. Hirió a uno en una pierna. Lo acribillaron. Yo me había ido a la puerta. Tiré todas las armas y me arrodillé con las manos atrás de la nuca. Me llevaron a los golpes, pero respetaron mi vida. 
Creo que se imagina el resto.

–Contame igual.

–Psicólogos, psiquiatras, asistentes sociales. Y cinco años de encierro en una unidad de menores. Ahí, enjaulado, descubrí a Dios. Él me perdonó por esto.

–¿Entonces por qué lo confesás?

–Por todo lo que se dijo, Padre. No pasó porque me molestaban en la escuela, ni porque no tenía novia, ni porque pude comprar un arma, padre. Los demás no son responsables. Todo fue por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Yo no me puedo perdonar. Me carcome todos los días. Tengo pesadillas muy seguido.

–Entonces yo no te puedo absolver por esto.

–No, deme la absolución por las mentiras.

–Un padre nuestro, un ave maría. Podés ir tranquilo.

El cura mira el celular. Vacila. Estira la mano, lo roza y cierra el puño. Baja la mano y la pone sobre una de sus rodillas.

–Gracias, padre. Lo veo el domingo que viene.

–El martes.

–¿Cómo?

–El martes necesito ayuda para pintar el atril. ¿Podés venir?

–Sí, padre. Sí puedo –murmura Raúl.

El tipo, tan normal, abandona el confesionario y se reune con su mujer. Ella no tiene nada que confesar, sus hijas son pequeñas, al parecer. Salen del edificio. A él se lo ve distendido.
El cura se dirige a su oficina. Sirve un vaso de vino tinto y lo bebe de un trago. Enciende un cigarro y hace una llamada telefónica.

–¿Hola, Martinez? Sí, habla el padre Romualdo... ajá, pasa que me trasladaron a un pueblo, ya no atiendo a los de Palermo. Pero igual, te tengo una bomba. ¿Te acordás de los Tres Chalados? Los Tres Chalados, esos del tiroteo en una escuela, en el año '99. ¿Viste que hubo uno que se entregó? Bueno, se confesó conmigo. Sí, quedate tranquilo, grabé todo. Te va a servir para el rating. ¿Cuanto? Escuchalo y después arreglamos. Dale, un abrazo, saludos a Jorge y a Luis.

Cuelga. Sirve otro vaso de vino. Abre el navegador en su notebook. Tipea cuatro palabras en el buscador: “Agustina Mola en bolas”.



NOTA: Este texto forma parte de una serie de relatos breves. El primero participa en concurso y no podrá ser publicado hasta la divulgación del fallo, por lo que pido disculpas a mis fieles lectores. Sigan los enlaces en cada entrada. En especial si vos, que lees esto ahora, sos jurado de cierto concurso.

Read more...

LA PALABRA DEL PADRE

>> viernes, 3 de agosto de 2012


LA PALABRA DEL PADRE


Es difícil comenzar. Supongo que debería darles las buenas tardes o agradecerles por venir. 
Pero no sé si quiero que ustedes tengan una buena tarde. En todo caso, quiero que tengan una tarde como la mía. Tampoco me dan ganas de agradecer su presencia. Antes de sentarme acá, frente a los micrófonos, alguien intentó atacar a mi hija menor. Todos sufrimos demasiado. Todos.

Quisiera aclarar una o dos cosas. En primer lugar, yo no le enseñé a mi hijo, ni a nadie, cómo disparar un arma. Nunca lo llevé a cazar. Yo mismo jamás tuve un arma en la mano. No sé usarlas y no me gustan. No sé de donde sacó mi hijo ese revolver.

Tampoco le inculcamos ideas fascistas. Yo soy peronista, como mi padre. Nunca hablé de política con mi hijo ni le di una biografía de Mussolini, ni ese libro de Hitler ni, mucho menos, la revista Cabildo, que ayer supe que existía. En mi casa nunca se habló bien de Videla porque nunca se habló de Videla.

Ni mi mujer ni yo somos racistas. Ni homofóbicos. Ni nos molestan los inmigrantes. Tampoco somos, como se dijo, satanistas. No somos practicantes, pero siempre fuimos católicos. Leandro tomó la confirmación, como casi todos los chicos. No encontró esos libros de Lavey y Crowley en el hogar. Los debe haber conseguido en alguna librería del centro. Por lo que nos dijeron, son de venta libre, ciento por ciento legales. No están prohibidos. Voy a hojearlos. Quiero saber si son tan violentos como afirman los mismos que admiten no haberlos leído; los mismos que nos señalan y acusan.

Lamento lo ocurrido, con todo el corazón. No voy a decir nada a las familias de... a las familias de esos chicos. No porque no quiera, si no porque no tengo palabra alguna. Yo no puedo hacer nada para mitigar su dolor.

¿Podría haber hecho algo antes? Leandro estaba en una etapa difícil de la vida. Se encerraba en su dormitorio. Casi no hablaba. ¿Sus hijos nunca hicieron eso? ¿Nunca los alejaron?

Leandro no fue golpeado, nosotros no creemos en los golpes ni en los gritos. Ni fue abusado, ni violado. Si algo atroz le ocurrió, no fue en mi casa. Ni lo dijo nunca. Ni tuvimos motivos para creer que le pasara algo fuera de lo normal.

Me dicen que debí controlar su computadora, saber qué páginas veía, qué bajaba y qué subía a internet. Yo no sé hacer eso. A duras penas sé encender la máquina. La policía me mostró unas páginas impresas con imágenes de los sitios que visitaba. Sí, tenía interés en... las armas. Pero también en películas, juegos, las mismas cosas que los demás.

Cuando entró a la pubertad se cerró en él mismo. No dejaba que nadie se acercara. Hablaba con monosílabos, pero nunca trajo un problema. Nunca lo tuve que buscar en la comisaría, ni me citaban en la escuela, ni firmé sanciones de ningún tipo.

Algunos dicen que al menos mi hija debió notar algo en él. ¿Pero qué iba a notar? Ella tiene trece años. La acusan de no ver lo que nadie vio; la acusan de no ver el futuro. Nadie pudo prever esto.

¿Se podía evitar? No sé. Él y... y esos otros chicos consiguieron armas, armas que alguien les vendió. ¿Entonces quienes son los responsables? ¿Ellos, por jalar el gatillo? ¿Los vendedores, por tener negocios? ¿Todos los demás, por no ser clarividentes? Algo de responsabilidad también tendrán, creo, quienes les dieran motivos para... para hacer lo que hicieron.

Por favor, no me malinterpreten. No intento justificar a Leandro. Lo que hizo... lo que hizo... está hecho. No les guardo rencor por odiarlo.

Ni les guardo rencor por lo que han hecho con el frente de mi casa. Desde el día del hecho no salimos, hasta hoy, pero los escuchamos. Escuchamos los insultos, escuchamos como pintaban las paredes por la noche, escuchamos... todo. Espero que eso sirva de desahogo a las familias, que les ayude a seguir, a lidiar con las secuelas.

Pero sepan que no merecemos esto. Yo no soy un monstruo, mi esposa no es una puta, mi hija no es... eso que escribieron en mi puerta.

A lo que quiero llegar, lo que quiero que entiendan, es que nosotros también perdimos un hijo. Y no sabemos a quien reclamar.


NOTA: Este texto forma parte de una serie de relatos breves. El primero participa en concurso y no podrá ser publicado hasta la divulgación del fallo, por lo que pido disculpas a mis fieles lectores. Sigan los enlaces en cada entrada. En especial si vos, que lees esto ahora, sos jurado de cierto concurso.

Read more...

CODENAME: LOUP

>> martes, 31 de julio de 2012

CODENAME: LOUP


Entrevista fechada el 01/07/12

Pacté esta entrevista ayer. La mujer fue un poco reticente, pero aceptó hablar conmigo. Es la única pista que nos queda. Si Florencia H. no puede decirnos nada sobre él, si en verdad no hay más rastros, me temo que tendremos que dar por finalizada la investigación en torno al sujeto conocido como “Loup”.

Toco el timbre. Atiende ella. Es una mujer de unos treinta años, bastante atractiva. Me recibe con cierto recelo. Ofrece café, acepto. Tomo asiento en el living. Enciendo el grabador.

¿Qué recuerda de esa mañana, Florencia?

No mucho. Salí al recreo cuando sonó el timbre. Fui directo al baño, a fumar un pucho con Romina, la chica que le dio mi número. Adentro había varias. Nosotras...

Disculpe que la interrumpa, pero Romina mencionó un incidente previo a ingresar al baño.

Ah, sí. ¿Le importa eso?

Mucho.

Bueno. Cuando salimos del aula había poca gente en el pasillo. Nosotras hablábamos de nuestros asuntos, no prestamos atención. Entonces pasó él.

Loup.

Sí, ese. Me chocó. Corría como loco y me chocó. Yo me fui al piso. Le tiré una puteada, no sé si me escuchó.

La interrumpo de nuevo, Florencia. ¿Loup era el apellido?

No sé. Le decían así, pero nunca supe si era un apodo raro o el apellido. Tampoco me importaba.

¿Qué sabe de él?

Iba a quinto año. Alguien me dijo que la familia tenía mucha guita, pero no me acuerdo que tuviera algo que los demás no. Tampoco lo conocí bien.

¿Era popular en la escuela?

Era... llamativo. Una vez tiró a un preceptor por una escalera.

¿Sabe por qué?

No. Le habrá dicho algo que no le gustó, vaya-a-saber.

¿Era violento, entonces?

Era bastante rebelde. Se rumoreaba que él estaba detrás de todas las amenazas de bomba a la escuela. También se decía que le había roto el auto a la directora. Chusmeríos, más que nada.

¿Nada en concreto?

Lo que pasó ese día es todo lo que le puedo decir.

Siga, Florencia.

Yo quedé en el piso y lo puteé. Romina me ayudó a levantarme. Él ni se dio vuelta. Seguimos para el baño. Yo me acuerdo que me llamó la atención que él siguiera como si nada, como si yo no hubiera estado ahí.

Pausa. Me mira. Le hago una seña. Sigue, como si necesitara mi aprobación.

Entramos al baño. Había varias. Eramos siempre el mismo grupito. Yo tenía la pierna dolorida del golpe. Prendimos dos puchos para las cinco que estábamos. Hacíamos la nuestra sin joder a nadie. Estaba bien. Cuando se terminó el primer cigarrillo escuchamos el estruendo. Nos asustamos. Salimos a ver que había pasado. La gente corría hacia el patio para mirar y hacia adentro, para escapar.

Se detiene. Tiembla un poco. Me mira. Esta vez no le hago seña alguna, sólo la contemplo.

Y bueno... salimos para ver qué pasaba. Al principio no parecía nada raro. Entonces escuchamos el segundo disparo. Los que estaban afuera salieron, fue una estampida. Josefina, una de las chicas que estaba con nosotras, se cayó al piso. Casi la aplastaron. Romina se pegó a una pared. Yo me moví y los vi. Eran los tres. ¿Ya sabe esa parte, no?

Sé esa parte, Florencia. Prosiga.

Uno, el más grande, Santoro se llamaba, tenía un arma. Una de esas que usaba “Harry, el sucio”. No sé...

Magnum .44

Eso, magnum. Tenía ese revolver inmenso, a los otros los vi con escopetas. Se habían manchado con sangre. Gritaban... cosas. Fue muy feo.

Asiento, serio. Intuyo muchos años de psicoanálisis en esa mujer. Me mira. Sostengo su mirada. Tiembla un poco. Sigue.

Varios corrían. Santoro parecía interesado en uno. Le quiso tirar por la espalda, pero falló. Dos veces. La tercera sí le dio, pero no lo mató. Le voló una rodilla. Quise buscar a Romina, ahí ya no la vi más. Me tiré al costado de un cantero. Quería que pensaran que estaba muerta. Santoro se acercó al otro, su víctima. Le dijo algo. No sé bien qué. Sobre la especie, sobre devorar a los heridos. El otro lo puteó. Vi cómo su cabeza estallaba. No me dio miedo. Lo que me asustó fue la cara del verdugo. No había ira. Ni odio. Ni tristeza. Nada. Estaba frío, sin emociones, como una máquina. El vacío...

Está a punto de quebrarse. Cierra los ojos. Inspira. Se toma un segundo. Pasa ambas manos por su cabello.

Me quedé ahí. Ellos siguieron, no me prestaron atención o no me vieron. Escuché varios disparos más. Entraron al salón principal, del que yo salí. Tiros, tiros, tiros. El sonido se alejaba. Yo estaba mareada, descompuesta. Pude sentir como la orina me mojaba. No sabía si subían o si iban a la puerta. Me paré y corrí. Vomité al ver...

Se detiene.

¿Le importa mucho esa parte?

Omita lo que no crea relevante. La masacre en sí no nos interesa –digo a riesgo de sonar insensible.

Me sonríe. Creo que entendió que le hago un favor.

Salí del salón y traté de llegar a la puerta. Los tiros pararon. Pensé que iba a poder escapar. Aborté la huida cuando escuché más estruendos. Me me metí en un baño de ordenanzas, en la planta baja. No pude trabarlo, no tenía con qué. Me tiré en un rincón hecha un bollo, con la esperanza de que todo terminara pronto. El tiempo pareció detenerse para mí. Más tiros. Sirenas. Escuché una corrida afuera. No quise mirar. Me metí en un baño individual. La puerta estaba rota, quedó entreabierta. Me subí al inodoro. Pensé que así, tal vez, no podrían verme si entraban. Pasó un rato...

Le resulta difícil respirar y se le nota. Me mira, angustiada, destruida. Aunque quisiera no podría ponerme en pie y contenerla. Debo permitirle terminar su relato. Debo saber.

No sé cuanto tiempo pasó. Escuché unos pocos disparos más. Casi de inmediato alguien entró al baño. Lo vi: era Santoro.

¿Conservaba el arma? –pregunto.

Sí. Lo vi cargarla. Tenía una riñonera con munición. Se lavó la cara en la pileta y se miró en el espejo. Sonrió. El hijo de mil puta sonrió.

¿Y luego, Florencia?

Luego entró él.

Loup.

Loup. Loup entró. No fue una entrada de pánico, a las corridas, no parecía buscar un lugar para esconderse. Ni fue de película. Fue muy tranquilo. Abrió, entró y cerró, como si nada más fuera a usar el baño; como si fuera un día cualquiera. Santoro estaba sorprendido. Le preguntó que qué hacía ahí. Loup le dijo que lo buscaba. Ahí Santoro le apuntó con el arma. Yo me mordí la lengua y me cubrí la boca con ambas manos. Santoro lo insultó. Loup le dijo que se rindiera, que todo había terminado. Santoro lo amenazó con matarlo...

No pare ahora, Florencia.

Loup le dijo... que no iba a disparar. Que si quisiera tirar ya lo hubiese hecho. Entonces le metió una trompada. Santoro cayó. Loup tomó el arma y lo pateó varias veces en las costillas. Se paró atrás, lo tiró del pelo hasta dejarlo de rodillas y le puso una mano en la sien y la otras a la altura de la mandíbula. Le dijo algo, no sé qué. Entonces escuché un ruido raro, como a algo que se rompía.

¿Como un hueso?

Como un hueso.

¿Y luego?

Mierda.

¿Cómo?

Mierda. El aire se llenó de olor a mierda. Loup jadeaba. Parecía cansado. No le importó mucho. Se cargó a Santoro al hombro y empezó a caminar. Paró en la puerta un segundo, como si dudara. Y entonces me habló.

¿Qué le dijo, Florencia?

–“Terminó todo. Ya podés salir”. Él se fue. Yo no me pude mover. Es lo último que recuerdo. Perdí el conocimiento. Desperté en el hospital varias horas después. Sedada. Me dijeron que la policía me encontró en el baño.

Lo mató a sangre fría, entonces.

No sé... al día de hoy creo que Santoro se lo merecía. Trato de no pensar en él.

En Santoro.

En ninguno de los dos.

Asiento. Bebo un sorbo de café, apenas si toqué la taza. La información que tengo no es gran cosa, pero al menos ya sé algo más de Loup: puede matar y ha podido desde siempre. O desde la adolescencia, al menos.

¿Me puede decir algo más, Florencia?

¿Sobre él? Nada. No lo vi más. Muchos no volvimos a la escuela ese año. Yo me cambié de escuela. Era un misterio todo este asunto. Nadie tenía claro quién había matado a Santoro. Ni el padre, cuando habló, ni la policía, ni la gente. No lo resolvieron. Le conté a Romina y decidimos no decir nada.

Porque se lo merecía.

Porque Loup nos daba miedo.

Entiendo.

Me pongo de pie. Apago el grabador.

¿Eso es todo?

Eso es todo, Florencia.

La plata...

La vamos a depositar de inmediato, como acordamos. Y quédese tranquila, no vamos a revelar lo que me contó. Que tenga buen día.

Comienzo a salir. Me urge comunicar esta información a mi jefa. Le interesará.

Espere. Deje que le pregunte algo.

Me detengo.

¿Por qué quieren saber sobre todo esto? Pasó hace tanto...

Florencia, a mí me pagan por preguntar y por guardar secretos, ¿entiende?

Sí, pero...

Sin peros. Olvide a Loup, olvide esta entrevista. Disfrute su dinero.

Abandono la casa sin más palabras. Camino hasta el auto. Quisiera darle una respuesta a Florencia, pero no sé cómo expicarle lo que ese hombre ha hecho, en lo que se ha transformado. Ha matado al menos otras dos veces y, creemos, volverá a hacerlo. Ha participado en muchos ilícitos. Es posible que tenga un plan mayor. Y ni siquiera tenemos claro cual es su nombre. Sólo tenemos una foto, anécdotas, testimonios que lo vinculan con los hechos. Y esa palabra, nombre código o apellido, Loup.





NOTA: Este texto forma parte de una serie de relatos breves. El primero participa en concurso y no podrá ser publicado hasta la divulgación del fallo, por lo que pido disculpas a mis fieles lectores. Sigan los enlaces en cada entrada. En especial si vos, que lees esto ahora, sos jurado de cierto concurso.

Read more...

  © Blogger template Webnolia by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP